Hay vapor suspendido en el aire. Recipientes por todos lados y un fuerte olor que se nos pega al cuerpo. Esmilda Isaac Martínez se ha acostumbrado a ellos, y su día transcurre sin muchos sobresaltos, con un montón de fórmulas en la cabeza y las manos ágiles para desafiar la química.
Esmilda se graduó en 1983 como tecnóloga en la escuela Mártires de Girón, en La Habana, y apenas puso un pie en Santiago fue a trabajar a la Empresa Reparadora Cecilio Sánchez Valiente. Allí permaneció por 22 años hasta que “con la llegada del Período Especial, el cambio de tecnología y la decadencia de los laboratorios, me presenté en la Geominera, me aprobaron, y aquí estoy”.
Por 12 años ha hecho de este lugar, su casa. “Empecé en el salón químico y ahora preparo las soluciones que se emplean en el Laboratorio” dice, antes de comenzar a enunciar todas las responsabilidades que ha tenido; desde ser presidenta del Órgano de Justicia Laboral de Base hasta llevar las riendas del Sindicato.
¿Sacrificio? “Mucho. Yo aquí priorizo la producción, porque si no lo hago no se trabaja, entonces logro sacar todas las soluciones del día, y a veces hay que esperar a que se caliente el agua para prepararlas; cuando termino con eso, el tiempo que me queda se lo dedico a la parte documental, hacer las reuniones y las demás cosas”.
No por azar Esmilda me hace recordar al incansable Melquíades, aquel viejo alquimista de Cien Años de Soledad que alguna vez a fuerza de dedicación, curó a todos del olvido.
Nadie sospecha en Santiago que de sus manos se logran productos tan demandados como el polvo limpiador, fango medicinal, el talco industrial y el tocador. “La población busca mucho el desodorante, que es en crema y sirve también para los eczemas en los pies.
“A veces nos trabamos por falta de envases que vienen de otros lugares y eso es difícil; aun así no nos detenemos y vendemos bastante”. También está el bloqueo de Estados Unidos, que a decir de Esmilda, afecta la importación de productos químicos no logrados en Cuba.
“A través de la Asociación Nacional de Innovadores y Racionalizadores (Anir), la Sociedad Cubana de Geología y otras instituciones, hemos hecho trabajos para adaptar el proceso e ir modificando las técnicas cuando no tenemos un componente. Nos acreditamos hace poco y de esa forma mantenemos la calidad de nuestros productos.
“Aquí el trabajo es de concentración y de calidad, porque si no, no sale; tenemos un equipo que ofrece información sobre los preparados, pero al mismo tiempo controlamos los parámetros y si hay que repetir alguna prueba, lo hacemos”, confiesa sin pensar mucho en el tiempo que le resta para jubilarse, porque “mientras tenga vida sigo trabajando.
“Uno de mis propósitos es que todos los químicos aprendan lo que se hace en este puesto, para que cuando yo falte no se interrumpa la producción”, dice esta mujer, y ante mi curiosidad, habla de los pocos jóvenes que allí laboran, y de las acciones que junto a la Universidad de Oriente se han realizado para promover el ingreso de nuevos químicos.
Esmilda no detiene sus manos, de un lado a otro lleva frascos y polvos de colores que se tornan transparentes una vez removidos. La química es el centro de su vida. Por eso no le importa el vapor que aún está suspendido en el aire ni el penetrante olor que todos los días se lleva a casa.