Cumpleaños de dos héroes PDF Imprimir
Escrito por JOEL MOURLOT MERCADERES   
Santiago de Cuba, oct 25.- Rafael y Marcos son dos de los más sobresalientes, entre los miles de héroes surgidos de la entrañas del pueblo cubano en sus luchas por la independencia, la abolición de la esclavitud y la libertad.

No podían ser otros entes: crecidos en las circunstancias excepcionales en que se forjan las grandes figuras, y exactamente en el seno de la familia heroica por antonomasia –los Maceo-Grajales-, en efecto, se hicieron ídolos.

Rafael: el cabezón, el brigadier, el mártir

ImageNació Rafael, el 24 de octubre de 1850, en el partido de las Enramadas, según la tradición; en la calle de Providencia N. 16, de la ciudad de Santiago de Cuba, conforme los testimonios de su hermana Dominga y de su cuñada Emilia Núñez, la viuda de Tomás, y bautizado el 26 de enero del siguiente año, en la parroquia de San Nicolás de Morón (sita a 1 km, poco más o menos del luego poblado de El Cristo), por María Dolores Rizo, de la muy allegada familia de los Nicolarde, y por Juan Colomé, uno de los tres entrañables amigos catalanes de Marcos Maceo, el padre.

Infancia y años iniciales de la juventud, las transcurrió el corpulento y alto Cholón (llamado así por ser de cabeza grande) entre la casa de la ciudad y las posesiones paternas de Morón, Guaninicum y Maroto, donde le fue dable el aprendizaje de las primeras letras (se dice que fue él quien “mayores” estudios en esa etapa entre todos los hermanos), el dominio de los útiles imprescindibles para la vida en el campo: del machete y de la azada, del arado y del caballo; así como también, en todas partes, el cultivo de las virtudes que en el hogar eran el sagrario: la laboriosidad, la honradez, el respeto a la personas, al saber y a la inteligencia, la voluntad y la perseverancia, el amor filial, al terruño circundante y a Cuba y, especialmente –como el garante de todas las restantes cualidades-: la valentía.

Tercero en la dinastía del deber –si tomamos a Antonio como el primero, y no a Justo-, siguió no sólo a los mayores de la familia, sino, sobre todo, a los dictados de su conciencia, cuando se fue a la manigua, días después del 10 de Octubre, en aquel glorioso año de 1868.

Como casi todos los Maceo, aquella primera acción representó el comienzo de un historial asombroso de glorias y más glorias, que pudieran mediarse desde las recuperaciones de armas, municiones y animales de monta, en los primeros días insurrecciónales, los combates por Guantánamo de noviembre de 1868 y los de la defensa de Bayamo, durante los primeros días de enero del 69, siempre como parte de la sección de Majaguabo, comandada por su hermano Antonio.

Combatió, además, durante el recorrido desde el Sitio (Palma Soriano) a Punta Lucrecia (Holguín), con las huestes del general Donato del Mármol, asaltando y destruyendo propiedades económico-productivas, en el ataque a Jiguaní, a los ingenios Armonía y San Agustín de Aguará, donde su padre –hombre ya de 60 años de edad- resultó gravemente herido.

Son decenas de acciones combativas en las que por fuerza –el intento desesperado de Valmaseda para sofocar la insurrección- se ve involucrado.

En Majaguabo Arriba recibió una de sus primeras heridas, a la que seguiría esa que la tradición asevera ocurrió, cuando –alrededor del combate de las Cuevas de Bruñí y del asalto a Ti Arriba-Rustán desafió a “esos que dicen que son los más bravos y que cogen a los godos por el pescuezo”, los Maceo, y otra del ya teniente Rafael, en las lomas de Monte Rus, durante la Invasión a Guantánamo.

Ascendido a capitán, el 10 de mayo de 1872, fue uno de los colosos que permiten a las fuerzas de Antonio arrollar a los españoles que tenían al borde de la derrota a los hombres del general Titá Calvar, en Rejondón de Báguano, y en las sucesivas victorias mambisas de Samá y Veguita de Banes, y más tarde, en El Zarzal, Santa María de Ocujal, Cuatro Caminos de Chaparra, y lo es, incluso, en las duras derrotas insurrecta de Manzanillo, Bueycito y Santa Rita, o en el triunfo de Melones.

Formó parte del contingente oriental de refuerzo para la Invasión a Occidente, en 1874, y durante esas jornadas fue herido de consideración en el combate de Potrero de Naranjo-Mojacasabe, en febrero de 1874., lo que no le privó de participar en Las Guásimas de Machado y los asaltos Nuevitas, Cascorro, este último, donde cayó su hermano, el teniente coronel Miguel Maceo, todos en el Camagüey, y en los de Camujiro y Caimito, en Las Villas.

Alcanza nuevos méritos en San Alejandro, La Demajagua (Holguín), La Redonda, Santa Isabel, Pedernales, Santa Rosalía, Yabazón Abajo, Fray Benito, donde fue herido otra vez, lo que, al fin, determina su ascenso a comandante del Ejército Libertador.

Tomó parte en los combates defensivos de Cayo Rey, Hato del Medio y San Felipe de ese año, en el ataque a Sagua de Tánamo y en la subrepticia invasión a Baracoa, con combates en Sabanilla, Baracoa y el río Negrito.

Son decenas de acciones las que siguen en 1877, tanto en Guantánamo como en la zona de los actuales municipios Segundo Frente, Mella, Palma Soriano y San Luis, en cuyo territorio –a las órdenes de su hermano José, derrotó al comandante Valenzuela en Pinar Redondo, punto en donde fue herido por varias esquirlas de bala de cañón.

Recuperado con bastante rapidez para el caso, asistió con su hermano a los combates de Barigua y San Ulpiano, donde fue gravemente herido.

En los días de tregua, entre colonialistas e insurrectos, tras el Zanjón, los españoles le ofrecieron cuidados en su retaguardia, por personal médico competente y medicamentos. Se negó, y siguió a sus hermanos Antonio y José durante la Protesta de Baraguá, y hasta los últimos combates en la jurisdicción santiaguera. Salió de esa guerra con los grados de coronel del Ejército Libertador.

Establecido en Yateras con una jovencita de 14 años, María Dolores Alcántara (Lola), allí se pronunció, en septiembre de 1879, cuando la Guerra Chiquita, la cual hizo hasta el final, el 1. de junio de 1880.

Durante esa segunda campaña separatista y abolicionista, sostuvo tres entrevistas con el coronel de las Escuadras de Santa catalina y el Guaso, Santos Pérez, quien antes y durante los inicios de esa gesta había prometido su unión al movimiento insurreccional. En dicha zona, comenzó a operar con 50 hombres armados y algunos desarmados. Realizó operaciones en los montes de Yateras, y los partidos de San Miguel y Guayabo; se unió a su hermano José, en Jagüey, corriendo enero de 1880, y poco después, operando solo, destrozó una columna española , en febrero de ese propio año.

Unido nuevamente a José, infligieron ambos la mayor derrota de los españoles en esa guerra, en los sucesivos combates de Alto de Boquerón, Arroyo de Agua-Altos de la Doncella, en marzo del 80, donde los españoles confesaron más de 60 muertos.

Finalizada la contienda, y traicionados después del Pacto de Celina o de San Ildefonso, abordados en alta mar, el ya brigadier mambí sufrió las prisiones de Puerto Rico y las posesiones españolas en Chafarinas, a donde llegó con su mujer (Lola), el 8 de agosto del propio año, con quien contrajo matrimonio, el 27 de marzo de 1882, y con quien tuvo una hija, que allá enfermó y falleció.

El 2 de mayo de 1882, víctima de una pulmonía fulminante, murió allí, en Chafarinas, Rafael Maceo Grajales, para José, el más valiente –y eso es mucho decir- de aquella prole sin par de Marcos Maceo y Mariana Grajales.

Marcos: el Benjamín

ImageEl 17 de noviembre de 1860, el presbítero don José Tomás Chamorro, cura rector de la iglesia parroquial de San Nicolás de Morón, registró la partida 221, al folio 81 (vuelto), de libro 7. de pardos y morenos: “Bauticé puse óleo Crisma y por nombre Marcos” a un niño que había nacido el 24 de octubre de ese propio año de 1860.

Así pues, apenas 8 años de edad –y no cumplidos- tenía el benjamín de los Maceo-Grajales, el día que salió de los predios de sus infantiles juegos para los sitios bélicos, en los que no protagonizó otras cosas más como no fueran nuevos retozos y algún que otro auxilio… hasta que, un día, en que la madre heroica le urgió a tomar la estatura de los hombres de la familia, y coger el fusil para pelear por la patria, sin todavía cumplir los 15 años, como mismo hizo con Julio y con Tomás en 1869 y 1873, respectivamente.

En efecto, Marcos, alistado en las fuerzas de su hermano, participó en la excursión sobre el partido de Juan Díaz y el poblado de Sagua de Tánamo, la Invasión a Baracoa y demás operaciones de esa zona, entre fines de 1876 y 1877; tomó parte en los combates dirigidos por Antonio en Barigua, Los Indios, San Felipe, Hato del Medio y Mejía, así como también en Mangos de Mejía, donde Antonio sufrió varias heridas graves; en los de Barigua, Juan Mulato y San Ulpiano, y en los postreros de la Revolución del 68 en el territorio; tales como: Caobal y Arroyo Municiones, entre otros, todos los cuales le valieron, en muy corto tiempo, los grados de teniente del Ejército Libertador.

Emigró a Jamaica con su madre, entre el segundo semestre de 1878 y primeros seis meses de 1879, fue el encargado de mantener y cuidar a la gloriosa matrona, y a los intereses generales de la familia. Enfermedades constantes le impidieron, luego, participar de la gesta del 95, y marcaron el fin de su existencia. A las 5 y 30 de la mañana del 18 de abril de 1902, dejó de existir, en la ciudad de Santiago de Cuba, víctima de cáncer en el estómago, Marcos, el benjamín de la familia del deber y el heroísmo: los Maceo-Grajales

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