Cada historia estremece. Fue una sacudida brutal, seca. Borró edificaciones, las redujo a polvo, y debajo, unos respiran agónicamente y otros yacen esperando sepulturas más dignas.
Y como casi siempre cuando al mundo le suceden embestidas así de absurdas, allí está Cuba, en alma y manos. Hay profesionales de la salud que no duermen desde entonces. Se tragan el dolor, han puesto un cerrojo al sur de la garganta para no dejar pasar las flaquezas. No pueden llorar. Salvan, buscan, trabajan, ayudan...
Es Cuba, la isla enana en geografía y del tamaño del mundo en sentimientos y vocación humanista, que sabe siempre donde está el deber y es más útil.
Algunos, enjutos de amor, la enjuician y le lanzan dardos envenenados en cuanta tribuna encuentran, sobre todo, virtual, pero ella no tiene tiempo para semejantes desaires y sigue, manga al codo, salvando vidas en Venezuela.
Ahora mismo podrían ser más los colaboradores cubanos en una rutina de 24x24 en el terreno, pero los que están se multiplican por un número improbable de decir a distancia. No miran hacia atrás ni sienten los golpes, a veces invisibles, en la mejilla.
Por encima de la ingratitud probable de algunos ponen, ahora y siempre, las manos para ayudar y salvar, con esa vocación martiana que engrandece: Deme Venezuela en qué servirla...
Cuba no tuvo que llegar, Cuba estaba allí. Y estará mientras el pueblo hermano de Venezuela la necesite. Es Cuba, víctima ahora mismo de asfixia imperial, pero invicta en la solidaridad mundial.