Del verdor de los campos de Birán al ruido de una ciudad que crecía republicana sobre su pasado de villa colonial, así comenzó, siendo apenas un niño de seis años, la relación de Fidel Alejandro Castro Ruz con Santiago de Cuba, una urbe que décadas después él mismo evocaría como la primera que conoció y, acaso, la que más llegó a amar.
Santiago de Cuba era entonces una ciudad en transformación. En las décadas de 1930 y 1940, sus calles pavimentadas, tranvías, automóviles y edificios de arquitectura neoclásica convivían con una intensa vida popular y con las huellas culturales de las influencias francesas, haitianas, africanas y españolas. En sus barrios se mezclaban la música, la religiosidad, las tradiciones y una manera singular de entender la rebeldía.
El pequeño Fidel llegó a esa realidad desde Birán. La maestra había advertido en él una curiosidad poco común: observaba cuanto ocurría a su alrededor, aprendía con rapidez y formulaba preguntas que parecían ir más allá de lo esperado para su edad. Cuando don Ángel Castro Argís y doña Lina Ruz González decidieron enviar a su hija mayor, Angelita, a estudiar en la ciudad, a petición de la maestra, Fidel también emprendió el viaje.
El barrio de El Tivolí sería su primera ventana a Santiago.
Desde la Loma del Intendente, aquel muchacho comenzó a descubrir una ciudad muy diferente al mundo rural que conocía. Aprendió sus calles, sus pendientes, sus alrededores y el paisaje de una urbe extendida entre las montañas y la bahía. Pero también conoció, demasiado pronto, las tensiones políticas de una época convulsa.
Muy cerca de donde vivía se encontraba el Instituto de Segunda Enseñanza. Allí pudo observar los enfrentamientos entre estudiantes y fuerzas policiales, las protestas populares y la agitación que acompañó los últimos meses de la dictadura de Gerardo Machado. Las bombas, las manifestaciones y la efervescencia política formaban parte del ambiente de una ciudad que tenía una larga tradición de oposición y resistencia.
Además del lugar donde estudió, Santiago sería también uno de los primeros escenarios donde comenzó a comprender el conflicto entre el poder y la rebeldía.
Aquella relación se profundizaría años después, cuando el joven abogado convertido en opositor de la dictadura de Fulgencio Batista decidió llevar la lucha hasta las puertas del propio régimen.
El asalto al Cuartel Moncada marcaría el reencuentro de aquel joven con la urbe oriental.
El 26 de julio de 1953, Santiago de Cuba volvió a ocupar un lugar central en su vida.
Durante el amanecer de aquel domingo de carnaval, un grupo de jóvenes encabezados por él intentó tomar la segunda fortaleza militar del país. La acción armada fracasó y dejó una estela de jóvenes torturados, asesinados, detenidos y perseguidos por las fuerzas del régimen. Pero el asalto cambió la historia política de Cuba.
Santiago no fue un escenario escogido al azar. Era un lugar que Fidel conocía desde la infancia, una ciudad rebelde, cercana geográficamente a la Sierra Maestra y con una población que, en los años posteriores, tendría un papel fundamental en la lucha contra Batista.
Después del asalto vendrían el juicio, la prisión y el exilio. Vendría también el desembarco del Granma y la guerra en la Sierra Maestra.
Mientras Fidel y los rebeldes combatían en las montañas, Santiago se convirtió en uno de los principales centros de la lucha clandestina. Desde la urbe, hombres y mujeres vinculados al Movimiento 26 de Julio organizaron redes de apoyo, trasladaron armas y medicamentos, recaudaron recursos y mantuvieron la comunicación con los combatientes de la Sierra.
La ciudad volvió a ser protagonista el 30 de noviembre de 1956, cuando el levantamiento dirigido por Frank País intentó respaldar el desembarco del Granma. Aquella acción demostró que mientras la guerra se libraba en las montañas, también se peleaba en las calles, en las casas y en la clandestinidad.
La muerte de Frank País, asesinado en Santiago en julio de 1957, provocó una de las mayores conmociones de la lucha contra Batista. La ciudad respondió con una huelga general que paralizó buena parte de sus actividades y demostró nuevamente la capacidad de movilización de su pueblo.
Por eso, cuando las columnas rebeldes avanzaron hacia Santiago en los últimos días de 1958, llegaban a un territorio donde la insurrección tenía raíces profundas.
El triunfo revolucionario encontró a Fidel nuevamente en Santiago. El primero de enero de 1959, mientras Batista abandonaba Cuba, Fidel entró en la ciudad. Desde el balcón del Ayuntamiento pronunció un discurso que terminaría convirtiéndose en una de las imágenes fundacionales de la Revolución.
“Santiago ha sido el baluarte más firme de la Revolución”, afirmó entonces.
La frase resumía una relación que había comenzado décadas antes, cuando un niño procedente de Birán descubría las calles de El Tivolí. Ahora aquel niño, convertido en líder de una revolución triunfante, hablaba ante una multitud en la misma ciudad que había marcado su infancia y que había desempeñado un papel decisivo en la lucha clandestina.
Santiago, de algún modo, cerraba un círculo. Pero no sería el último.
En 1984, Fidel regresó al balcón del Ayuntamiento. Esta vez volvía para reconocer oficialmente la historia que Santiago había construido.
La ciudad recibió el título honorífico de Ciudad Héroe de la República de Cuba y la Orden Antonio Maceo, convirtiéndose en la única urbe cubana que ostenta estas distinciones.
Fidel habló entonces de una ciudad que simbolizaba al pueblo cubano. Evocó su heroísmo, su patriotismo y su espíritu revolucionario, y terminó pronunciando una expresión que condensaba la intensidad de aquel vínculo: “¡Gracias, Santiago!”.
En aquellas palabras aparecía también la memoria personal del niño que había llegado décadas atrás desde Birán y del joven que después regresaría para desafiar al poder.
La relación entre Fidel y Santiago volvería a adquirir una dimensión particular en octubre de 1991. En medio del derrumbe del campo socialista y de la profunda crisis económica que comenzaba a afectar a Cuba, la ciudad acogió el IV Congreso del Partido Comunista de Cuba. Fue una decisión excepcional: por primera vez, y hasta entonces única ocasión, el máximo encuentro partidista se celebraba fuera de La Habana.
Santiago volvió a convertirse así en escenario de una definición nacional.
Eran tiempos de incertidumbre. La desaparición de los aliados políticos y económicos de Cuba alteraba las bases sobre las que había funcionado la economía del país. En el exterior, muchos daban por inevitable el colapso de la Revolución. Dentro de la isla comenzaba una etapa que sería conocida como el Período Especial.
Y nuevamente Santiago aparecía en el centro de la escena. La ciudad que había visto al niño Fidel descubrir el mundo urbano; la ciudad que había sido escenario del Moncada; la ciudad de Frank País y de la lucha clandestina; la ciudad desde cuyo Ayuntamiento se había anunciado el triunfo de 1959, acogía ahora a la dirigencia cubana para discutir cómo sobrevivir a una de las crisis más profundas de la historia revolucionaria.
Hay ciudades que forman parte de la biografía de un hombre. Santiago de Cuba fue algo más para Fidel Castro: fue escenario de su infancia, territorio de aprendizaje político, campo de batalla, refugio de la clandestinidad, lugar de victoria y símbolo de una revolución que él identificó repetidamente con el carácter de sus habitantes. Quizás por eso Santiago aparecía una y otra vez en su trayectoria.
Desde el Tivolí hasta el Moncada; desde la clandestinidad hasta el Primero de Enero; desde aquel balcón del Ayuntamiento en 1959 hasta el reconocimiento de 1984 y el Congreso de 1991, la ciudad fue acompañando las distintas estaciones de su vida.
Fidel llegó a Santiago como un niño curioso que miraba y preguntaba.
Décadas después, convertido en líder de la Revolución, regresaría una y otra vez a aquella ciudad que había sido su primera gran ventana al mundo.
Y Santiago, a su vez, terminó convirtiéndose en uno de los símbolos más perdurables de la historia que Fidel contribuyó a construir.
Fueron esos lazos irrompibles los que convirtieron a la ciudad nacida entre montañas y mar en el sitio para el descanso eterno. La tierra marcada por la rebeldía y la memoria, que recibió el reconocimiento de Ciudad Héroe de la República de Cuba y la Orden Antonio Maceo, atesora en el Cementerio Patrimonial Santa Ifigenia el monolito que resguarda las cenizas del líder. Una ciudad que, para él, nunca dejó de ser aquella primera urbe que vio y que quizás fue también la que más amó