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Mente Sana: entrega y profesionalidad

20 February 2026 Escrito por  David Alejandro Medina Cabrales

En el corazón del reparto Abel Santamaría, hay un lugar mágico. En la sala de vídeo del micro 1B, las paredes han sido testigos durante casi un cuarto de siglo de un milagro: el de la transformación de niños y familias enteras a través del arte. Ese lugar es la sede del proyecto comunitario “Mente Sana”, y su artífice, un hombre que lleva la vocación tatuada en el pecho: Agustín Delgado Astorga.

Con 38 años recién cumplidos, Agustín acumula una trayectoria que asombra por su entrega y profundidad. No es solo un instructor de arte; es un fundador de sueños. Graduado en 2006 como instructor de danza, pertenece a la tercera graduación de la Brigada de Instructores de Arte José Martí. Sin embargo, su historia como formador comenzó mucho antes, en el año 2001, cuando aún era un adolescente de noveno grado. Con la intuición de quien ya sabe cuál es su camino, reunió a un pequeño grupo de niños de su barrio, sin más pretensión que compartir lo que sentía. Lo que nació como un juego, se convirtió con los años en el sólido proyecto “Mente Sana”, que hoy celebra 24 años de ininterrumpida vida artística.

“Desde niño sentí una vocación como profesor, en aquellos momentos nada que tuviera que ver con el arte, pero sí sentía ese amor por enseñar”, recuerda, mientras sus ojos recorren el espacio donde ha pasado incontables horas. Ese impulso inicial encontró su cauce definitivo en cuarto grado, cuando se integró a un grupo danzario de su comunidad. “Ahí me di cuenta de que el arte era lo mío”, confiesa. Desde entonces, la danza no ha sido solo su profesión, sino el lenguaje con el que ha dialogado con su comunidad.

Hoy, tiene una vinculación profunda con la Casa Municipal de Cultura Miguel Matamoros y la Escuela Provincial de Arte José María Heredia, donde además está al frente de la Cátedra de Danza de la nueva formación de instructores de arte. Pero es en el barrio, en su proyecto, donde su labor adquiere una dimensión conmovedora y profundamente humana. A lo largo de estas dos décadas y media, ha visto crecer a generaciones enteras bajo su tutela, y su mayor orgullo es constatar cómo muchos de sus alumnos, aquellos que dieron sus primeros pasos inseguros en aquella sala de video, son hoy profesionales de la cultura, bailarines de espectáculo y graduados de academias de arte.

El verdadero éxito de Agustín no se mide únicamente en los aplausos sobre un escenario, sino en las victorias personales de cada niño. Ha sido testigo de transformaciones profundas en pequeños con miedo escénico, en adolescentes rebeldes o con dificultades conductuales. “Desde la cultura y la danza se ha visto una transformación tanto espiritual como profesional”, afirma. Ha trabajado con familias disfuncionales, ofreciendo a través del arte un punto de encuentro, un espacio de armonía y crecimiento. Para él, cada alumno que supera sus propias barreras es un triunfo compartido.

Al preguntarle de dónde nace esa entrega sin límites, esa capacidad para sembrar belleza en medio de las dificultades, sus palabras son un ejemplo de humildad y pasión: “Hasta donde sé, creo que mi vocación como instructor de arte no llega por ninguna parte familiar. Creo que nací así. Es algo que por naturaleza siento y adoro mi profesión”.

Esa esencia natural, ese don innato para enseñar y conmover a través del movimiento, es lo que ha mantenido vivo a “Mente Sana” durante 24 años. Agustín no es solo un instructor; es un constructor de almas, un guía que, a través de la danza, ha enseñado a su barrio que el arte es, ante todo, una poderosa herramienta para sanar, crecer y soñar. En cada paso de baile que nace en el micro 1B del reparto Abel Santamaría, late el corazón de un hombre que encontró su razón de ser en la felicidad de los demás.

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