Varias generaciones de cubanos crecimos de la mano de su obra. No hay en Cuba un programa, un proyecto que no fuera ideado e impulsado por él, y la explicación está en que fue una persona entregada a sus coterráneos y a las causas justas del mundo.
Fidel tenía el poder de, en sus discursos, llevarnos al futuro, explicarlo y regresarnos al presente con una oratoria impresionante. Un ser humano de probada inteligencia, analista de cada hecho, de cada situación antes de dar un criterio; de un corazón muy noble.
Los más cercanos a él siempre valoraron su alto espíritu crítico, con una autocrítica elevada, cualidades, entre otras, que lo llevaron a ser un guía intachable, un ejemplo, a quien era imposible negarse a seguir, pues su poder de convencimiento fue innegable.
Hoy, ante la difícil situación que nos agobia, siempre pienso en qué diría y qué haría. Si porque esa “capacidad de previsión, de ver a lo lejos, de combinar la capacidad táctica con la estratégica, de lo inmediato, de lo de hoy”, a decir del querido Blas Roca, lo hacían un ser humano especial e inspiraba confianza.
Fidel es una historia viviente. Es símbolo de dignidad. Con mucha fe en el futuro, con un don especial para prevenir los acontecimientos y anticiparse a los hechos; aglutinador de las masas por excelencia. A él le debemos el don de luchar y enfrentar los obstáculos, de tener mayor conciencia como pueblo de cada uno de los momentos que nos ha tocado vivir. Fue el guía para convertirnos en ejemplo de resistencia, de valor y de dignidad.
Hombre con gran sentido de la justicia y confianza infinita en el ser humano; con una inteligencia única. Por eso y mucho más, nuestro Fidel es eterno e inolvidable para los cubanos dignos, pero también fue, es y será del mundo, y sobre todo de esta América nuestra.
En el año de su centenario, en estas circunstancias cruciales y difíciles, donde las limitaciones nos agobian, es momento de pensar en él como el ser humano que dedicó su vida, hasta el último aliento, al bienestar del pueblo, su pueblo. Somos nosotros, los agradecidos, quienes debemos honrar su vida y obra con las mejores actitudes, aportando desde cada puesto en lo que nos toca hacer y hacerlo bien, con la misma fuerza y fe con que honramos a un ser querido que ya no esté físicamente, pero que nos sirve de inspiración para el día a día.
Para ese Fidel eterno nuestros mejores pasos y acciones por la transformación de la sociedad. No hay mejor homenaje. Gracias, Fidel, por tanto y por todo.