Lo mismo pasa cuando a un ciclón le da por hacerse el más categórico que nadie: el de categoría cinco. «Prepárense, que nos fuimos», dicen. Y, antes de que toque tierra, van llegando las guaguas hasta donde se pueda, para que lo demorado del viaje no atrase las reparaciones.
Da lo mismo si trabajan a 348 metros bajo tierra en Hanabanilla; si, monte adentro, en cualquier pueblo sin nombre, tienen que forrarse en harapos para que los bultos de mosquitos les dejen trabajar en paz.
Da lo mismo si montan torres de 40 metros de altura o si hacen los calzos de madera; si reparan líneas sin «enfriarlas»; si colocan postes o ensamblan mamotretos de hierro.
Da lo mismo si son de los que salen después del vendaval; si se cansan; si no les importan «los cayos en las manos ni la grasa que a veces cuesta quitar de los poros».
Da lo mismo si aún sienten miedo.
Da lo mismo… pero tengan a alguien que les diga: «Cuídate». Y háganle caso.