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Nuestra Generación

02 February 2026 Escrito por  David Alejandro Medina Cabrales
Trabajadores

Desde la persiana de mi cuarto, en la Residencia estudiantil Antonio Maceo -de la Universidad de Oriente-, veo las montañas que rodean a Santiago. Esas mismas que han visto pasar siglos y sueños. A veces, mientras estudio para un examen o espero una guagua en la Avenida Victoriano Garzón, pienso en la distancia que hay entre el pasado que nos enseñan y el presente complejo que vivimos.

No hace falta buscar grandes discursos. Basta con ir a la Granjita Siboney o pararse frente a la antigua posta 3 del Moncada. Las piedras hablan. Hablan de aquel 26 de julio de 1953, de una generación -la del Centenario del Apóstol- que no esperó a que las condiciones fueran perfectas. Las creó. Fidel, Abel, Haydée, Melba, los que eran apenas unos años mayores que muchos de nosotros hoy, decidieron que la esperanza no era algo para guardar, sino para lanzar como un ataque frontal contra la imposibilidad.

Y aquí estamos nosotros, en el Santiago del 2026. Una ciudad que hierve de música, de calor humano, de problemas cotidianos, de una resistencia que ya es parte del carácter. No enfrentamos ejércitos de dictadura en sus cuarteles, pero libramos batallas igual de decisivas: la del estudio en medio de los apagones, la de buscar un futuro profesional sin perder las raíces, la de mantener viva la alegría santiaguera -esa que se cuela por los barrios- cuando el cerco económico aprieta.

Un profesor de Preparación para la Defensa nos dijo en una clase: “La Generación del Centenario no era de superhombres. Eran muchachos que tenían miedo, dudas, y aun así avanzaron. Su arma secreta fue la convicción organizada”. Esa frase me resonó. Porque a veces, en la Universidad o en el barrio, sentimos una rabia sana ante las injusticias, una frustración ante los obstáculos, pero ¿cómo organizamos esa energía?

En Santiago, tenemos ejemplos vivos. No son monumentos, son personas. Es la estudiante de Medicina que, después de sus turnos, da clases de Biología en un preuniversitario. Es el ingeniero recién graduado que, en vez de solo buscar salida al exterior, se pone a pensar cómo usar la tecnología para resolver un problema local con el agua. Es el artista que pinta un mural en Los Olmos no solo para embellecer, sino para contar la historia del barrio.

Somos los muchachos de la FEU que, más que hacer actos, vamos a conversar a las aulas, a escuchar las preocupaciones de nuestros compañeros. Eso, aquí y ahora, también es organizar la esperanza.

El “fuego cerrado” del que se hablaba en la guerra, hoy es otra cosa. Es la batalla contra la apatía, contra el “no se puede” que a veces nos susurramos. Contra el enemigo interno de la mediocridad y el desánimo. Y también, sin duda, contra el cerco externo, feroz y real, que quiere ahogarnos. Pero los santiagueros tenemos alma de contrapunto: a mayor presión, más inventiva.

A más problemas, más unidad. Lo hemos visto cada vez que un ciclón barre la ciudad y al día siguiente los vecinos salen, machete en mano, a despejar las calles juntos.

Fidel, aprendió aquí mismo el valor de la rebeldía. Santiago no es una ciudad cómoda. Te exige pasión, te exige sentir. No podemos, ni debemos, ser jóvenes fríos. Ser “fidelista” hoy, en estas calles empinadas y bajo este sol, no es repetir consignas. Es asumir con fervor y con inteligencia el desafío de nuestro tiempo: sostener esta Revolución que nació, después de muchos años de lucha.

Nuestra Generación, la del Centenario de Fidel, tiene los honores de heredar una ciudad que es altar de la Patria. Y un altar no es un museo. Es un lugar donde se renueva el compromiso. Nuestra tarea es conectar el ímpetu de aquellos asaltantes con la creatividad que el 2026 pide. Demostrar que la utopía no es una ilusión lejana, sino el proyecto al que le sudamos la camisa todos los días: en el laboratorio, en el campo, en el taller, en el barrio, defendiendo lo logrado y criticando con amor lo que debe ser mejor.

Al final, como escribió un poeta santiaguero, “Santiago no se contempla, se vive”. Y vivir Santiago hoy, con toda su gloria y todo su desafío, es nuestra forma de empuñar el fusil del presente. Que cuando las futuras generaciones vayan a la Granjita Siboney, no solo vean las huellas de 1953, sino que sientan el eco de lo que nosotros, los jóvenes santiagueros del Centenario del Comandante en Jefe, supimos construir y defender en nuestro tiempo. Con la misma fidelidad a la historia y con la misma mirada puesta, irremediablemente, en el futuro.

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