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La pasión de enseñar a los demás

20 February 2026 Escrito por  David Alejandro Medina Cabrales

Hay quienes necesitan décadas para encontrar su propósito en la vida. Roxana Santiago Santiago lo descubrió a los 20 años, cuando pisó por primera vez un aula de la Institución Educativa “José Julián Martí Pérez” y supo que allí, entre pizarras, tizas, borradores y miradas inquisidoras, estaba su lugar en el mundo.

Seis años después, con apenas 26 recién cumplidos y siete meses de graduada como Licenciada en Educación Preescolar, esta joven sanluisera —o de donde sea que la haya visto nacer, que la Patria es una sola cuando se lleva en el corazón— se ha convertido en ese tipo de maestra que no solo enseña a leer, sino que lee en el alma de sus pioneros la urgencia de formar hombres y mujeres de bien.

“Al venir a la tierra, todo hombre tiene derecho a que se le eduque y después, en pago, el deber de contribuir a la educación de los demás”. La frase de José Martí no es para Roxana una cita más que engrosa el lenguaje pedagógico. Es el mandato que vive en cada una de sus jornadas. Y qué mejor lugar para honrarlo que en una escuela que lleva el nombre del Apóstol, donde el Héroe Nacional no es un hombre distante, sino un vecino más que se cuela en las conversaciones, en los juegos y en esa suerte de milagro cotidiano que ocurre cuando 25 niños descubren el mundo bajo la mirada cómplice de su maestra.

“Los niños han de andar estudiando, han de ser fuertes, han de ser hermosos”, repite Santiago Santiago. Y en esa hermosura que menciona Martí no hay lugar para lo superficial: es la belleza del carácter, de la honradez, de la solidaridad que a diario sus educandos demuestran sin saber quizás que están construyendo, ladrillo a ladrillo, la mejor versión de sí mismos.

El pasado 28 de enero, la plaza de la escuela se vistió de blanco. Cada pionero, sin excepción, llevaba una rosa blanca para el Apóstol. Fue entonces cuando Roxana, observando a sus niños recitar la poesía “Cultivo una rosa blanca” frente al retrato de Martí, sintió que el tiempo se detenía. “Allí los miraba yo y pensaba: qué heroína soy”, confiesa con una mezcla de pudor y orgullo que delata a quien ha encontrado en la docencia mucho más que un empleo. “Mi pasión es enseñar, es la chispa que enciende el amor que demuestran mis pioneros por aprender”.

Pero esta joven maestra no se conforma con repetir fórmulas. Su proyecto educativo propone una perspectiva transformadora que incorpora la figura de Martí no como un contenido más, sino como un pedagogo vivo cuya obra dialoga con el presente. Y en ese diálogo, ella ha descubierto que la enseñanza es un viaje de ida y vuelta. “De ellos he aprendido muchísimo”, asegura. “A romper las rutinas cotidianas, a promover conocimientos mutuos, a contribuir al fortalecimiento de la cohesión grupal y su bienestar emocional”.

Porque si algo caracteriza a esta educadora es su capacidad para conectar. Conecta con sus pioneros, conecta con las familias, conecta con los diferentes entornos donde se mueve. Y lo hace armada con las herramientas que considera más valiosas en un maestro: la comunicación, la capacidad de escuchar, la colaboración, la adaptabilidad, y esa empatía y paciencia que lleva consigo. “Lo más valiente que tenemos los maestros es la empatía”, expresa.

Cuando se le pregunta por su disposición a integrar la reserva de la Unión de Jóvenes Comunistas (UJC), su respuesta fluye con la naturalidad de quien entiende el compromiso como extensión de su labor cotidiana. “Nosotros los jóvenes representamos un recurso humano importante dentro de la sociedad”, explica. “Tenemos un potencial único, lleno de energías, de entusiasmo. Buscamos soluciones colaborativas”. Y en esa búsqueda, Roxana se ve a sí misma como un eslabón en una cadena que trasciende generaciones: la de aquellos que entienden la militancia no como un carné que se exhibe, sino como una disposición permanente a dar el paso al frente.

¿Y qué la motiva a mantenerse firme en esa disposición? “Mi autoestima”, responde sin dudar. “Fortalecer la confianza y mi valoración personal. Es que yo disfruto mi profesión, la esperaba con ansias. Es mi espíritu y mi felicidad”. Con apenas 26 años, ha comprendido algo que muchos tardan toda una vida en descubrir: que la realización personal no está en el reconocimiento externo, sino en la huella que dejamos en los demás. “Que seas reconocido o no, que quede la huella que dejamos en los demás y el recuerdo que estos tienen de nosotros”.

Sus colegas la describen como una joven que imprime un sello personal a cada clase, que transforma lo existente desde el respeto a lo construido, pero con la audacia de quien sabe que la educación es un organismo vivo que requiere renovación constante. Y en esa renovación, la figura de Martí crece una vez más: “Educar es preparar al hombre para la vida”, aseguró el Apóstol. “Así lo siento yo y así me desempeño como maestra”.

Quizás por eso, cuando se mira al espejo no ve solamente a una licenciada en Educación Preescolar con seis años de antigüedad y siete meses de graduada. Ve a una continuadora, a una chamarilera —como gustaba decir el Maestro— de esos oficios del alma que no entienden de horarios ni de salarios. Ve a alguien que ha entendido que enseñar es, en esencia, un acto de amor. Y mientras sus pioneros sigan llevando rosas blancas cada 28 de enero, mientras la poesía de Martí siga cantándose en su escuela, mientras ella siga convencida de que su espíritu y su felicidad están en esa aula, habrá esperanzas de que el relevo está asegurado.

Roxana es, a su corta edad, la prueba viviente de que el futuro no se espera: se construye cada mañana, con tiza, con ternura y con la certeza de que, como dijera Martí, “los niños son la esperanza del mundo”. Y ella, sin duda, es la esperanza de esos niños.

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