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El abrazo de la Virgen

14 September 2026 Escrito por  Nelson Hair Melik Marrero
Fotos: Rubén Aja Garí

Ir a El Cobre no es solamente llegar a un pueblo entre montañas. Es entrar en uno de esos lugares donde la historia, la fe y la vida cotidiana parecen haberse puesto de acuerdo para permanecer juntas.

Allí está el Santuario Nacional Basílica Menor de Nuestra Señora de la Caridad del Cobre, la casa de esa Virgen que acompaña a los cubanos desde hace más de cuatro siglos y que, para quienes llegan hasta ella, representa mucho más que una creencia religiosa: es memoria, consuelo, identidad y esperanza.

“Hay esperanza cuando hay amor, hay amor cuando hay fe. Y en tiempos difíciles como los que vive Cuba la necesitamos más”, expresa el presbítero Rogelio Dean Puerta, rector del Santuario.

Quizá por eso, cuando el huracán Melissa atravesó El Cobre el 29 de octubre de 2025, muchos buscaron refugio no solo bajo un techo, sino también en las fortalezas que durante generaciones ha sostenido a este pueblo.

El ciclón dejó una imagen difícil de reconocer. El poblado amaneció entre árboles derribados, viviendas dañadas, caminos cubiertos de fango y familias que lo habían perdido casi todo.

“Todavía, casi un año después, hay muchas personas con las casas en el piso, sin tejado o con el techo superpuesto, y duele mucho. Cuando llueve pensamos mucho en esas personas que todavía tienen esas afectaciones. La recuperación avanza, pero muy lentamente”, cuenta Milvia Rodríguez Despaigne, cobrera.

No habla desde la distancia. Habla desde un pueblo que conoce las pérdidas y también la necesidad de levantarse. Para ella, la recuperación no puede depender solamente de los recursos o del paso del tiempo.

“Lo más importante es que nosotros, como pobladores, como cobreros, sepamos unirnos y levantarnos entre todos. Esa es la clave”.

Después del huracán, la solidaridad se convirtió en una manera de resistir. Los vecinos salieron de sus casas para ayudar a otros. Algunos levantaron paredes. Otros compartieron alimentos. Hubo quienes ofrecieron ropa, un lugar donde dormir o simplemente sus manos para recoger lo que el viento y el agua habían dejado disperso.

“El cobrero es hospitalario. Cuando tú llegas al pueblo y quieres saber algo, por dónde se sube, cómo se llega a la casa de la Virgen, el cobrero siempre está ahí, presto para responder”, afirma Milvia.

Marlene Fernández, otra pobladora, encuentra en esa disposición una de las mayores fortalezas de la comunidad.

“Si algo nos distingue es la capacidad de enfrentar las dificultades sin desprendernos de nuestras raíces. Ese espíritu no se puede perder nunca en nosotros: luchar, sentirnos bien, tener mente positiva, pensar que hoy estamos así, pero mañana podemos estar mejor”.

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Melissa golpeó también con fuerza el Santuario Nacional de Nuestra Señora de la Caridad del Cobre. Dañó fachadas, vitrales, carpintería, luminarias, espacios exteriores y elementos patrimoniales de enorme valor.

Las afectaciones obligaron a emprender una restauración compleja, en ocasiones casi artesanal, en la que han intervenido especialistas, obreros y artistas de diferentes territorios, además del respaldo de la Red de Oficinas de Ciudades Patrimoniales.

Cada uno ha puesto algo en una obra que, más que restaurar un edificio, intenta devolverle al pueblo una parte de sí mismo. Hoy, desde distintos puntos del poblado, pueden advertirse los resultados de esa rehabilitación.

Juan Luis Verdecia, natural de San Germán, Holguín, y radicado en Santiago de Cuba, es alpinista y ha asumido la pintura del Santuario. Su labor lo llevó hasta las partes más difíciles de la edificación.

“Se ha tenido que fregar la fachada para quitar la pintura anterior. A partir de ahí hubo que repellar, masillar y pintar. Una de las áreas que más dificultades me ha costado ha sido la cúpula, por la inclinación y por sus características específicas. Pero el trabajo fue fructífero. Ha sido maravilloso para mí y, como trabajador, me siento complacido”.

Hortensia Estrada, especialista en arquitectura de proyectos e inversiones del Arzobispado de Santiago de Cuba, explica que fue necesario recuperar toda la carpintería dañada y trabajar en los recorridos y la pavimentación, así como en las redes de iluminación y comunicaciones.

“Se terminó incluso un complejo proceso que le restituye a la iglesia los ángeles y vitrales dañados por el ciclón”, expresa.

Estos últimos constituyeron uno de los mayores desafíos. Quince resultaron afectados y cada fragmento tuvo que ser identificado antes de comenzar su recuperación.

“Son vitrales originales. Aún se conservan muchos de los que se colocaron en 1927 y que el próximo año cumplirán un siglo”, manifiesta Zoe Sosa, especialista del Departamento de Historia de la Oficina del Conservador de la Ciudad de Santiago de Cuba.

La vitralera Mirell Vázquez, de la Oficina del Historiador de la Ciudad de La Habana, conoce bien la dificultad de intervenir una pieza cuya fragilidad forma parte de su propia belleza.

“Básicamente, el proceso ha sido reconstruir más que restaurar, porque el daño fue severo. El vidrio es un material muy frágil y, cuando sufre daños por eventos meteorológicos, es muy difícil rescatarlo. Una vez que un vidrio se fractura o se parte, es muy complicado restaurarlo”.

Para el escultor José Duverger, graduado de la Academia Nacional de Bellas Artes San Alejandro, uno de los mayores retos estuvo en recuperar dos piezas de mármol que forman parte de la decoración exterior y de la identidad visual de la Basílica.

“La base y el torso eran dos grandes bloques de mármol muy pesados. Era complicado hacer coincidir todas las líneas y los barrenos. Hubo que levantarlos con una grúa. Fue muy complejo porque teníamos que participar varias personas”.

Detrás de cada pared reparada, de cada vitral recompuesto y de cada escultura devuelta a su sitio hay horas de trabajo que pocas veces se ven cuando el visitante contempla el resultado final.

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La recuperación de El Cobre ha sido una obra colectiva, muestra de la capacidad de los cubanos para sobreponerse a la crudeza de un contexto difícil, levantarse, reconstruir y aprender nuevamente a convivir con las huellas de un fenómeno que cambió el paisaje y dejó heridas todavía visibles.

Quizá por eso, la restauración del Santuario trasciende lo arquitectónico y se convierte en ejemplo de lo que puede lograrse cuando compromiso, convicción, esperanza y unidad encuentran un mismo propósito.

“Todos los trabajadores estuvimos con tremenda entrega. No teníamos horario para entrar ni para salir, con tal de lograr que nuestra iglesia volviera a recuperar su alegría”, recuerda Daunier Pérez, trabajador de la institución.

La casa de la Virgen volvió a abrir sus puertas y volvió a ser, también, casa para sus hijos.

El equipo de Cáritas parroquial activó acciones de ayuda inmediata. Desde las fraternidades se distribuyeron alimentos cocinados entre personas en situación de vulnerabilidad. La planta eléctrica permitió cargar teléfonos y lámparas durante las noches de apagón. También se ofreció atención médica y acompañamiento espiritual.

Escuchar, acompañar, consolar y compartir se convirtió en otra forma de reconstrucción.

El padre Rogelio lo resume desde una palabra que parece atravesar toda esta historia: amor.

“Esta restauración en menos de un año ha sido una obra de mucho amor y de mucha valentía, porque son tiempos complicados para todos. Es admirable el sentido de pertenencia de los habitantes del Cobre con su Santuario, que es el alma de este poblado”.

Habla de una relación que no se limita a la religión. La Virgen, dice, escogió un lugar privilegiado para su casa, rodeada de verdes montañas y del contraste de los marrones y ocres de las minas.

“Cada día veo cómo los cobreros toman conciencia de que ellos son los anfitriones de la Virgen, los guardianes de la Virgen. Me he quedado muy admirado de ver cómo han venido y han ofrecido horas de trabajo, sus capacidades, sus dones para la restauración del Santuario. Hemos unido muchas voluntades”.

“Ha sido un tiempo de gracia, porque hemos visto cómo se canaliza tanto amor, en tiempos difíciles, hacia nuestra Madre. Porque esta es la casa de la Madre de todos los cubanos”.

Es un lugar que hay que cuidar, que hay que mantener hermoso, asevera el párroco. 

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La recuperación no ha sido solamente física. También ha sido una manera de devolverle al pueblo parte de su ánimo, de recuperar espacios para encontrarse y de recordar que, después de una catástrofe, reconstruir significa mucho más que levantar paredes.

Para la hermana Ivonne García, discípula de Jesús Buen Pastor, procedente de México, el Santuario constituye un espacio cuya significación trasciende la práctica religiosa.

“Este Santuario mariano, como protección de nuestra Madre, aquí como patrona de Cuba, tiene gran relevancia para la vivencia de la fe y, sobre todo, para seguir teniendo esperanza. La Caridad nos invita a caminar con ella, con mucha fe y esperanza. Ella nutre la fe del pueblo, tanto del que viene a la iglesia como del que no vive en El Cobre”.

Para Mirell, “es el lugar emblemático de todo lo que sea religioso o no, pero que esté ligado a la cubanidad”.

Juan Luis tampoco encuentra manera de separarlos.

“No hallo esta iglesia sin El Cobre, y El Cobre sin la iglesia. Es el alma y el espíritu de los cubanos”.

Milvia lo expresa desde la necesidad más sencilla y universal:

“Estamos necesitados del abrazo de la Madre, del consuelo, de la confianza y el amor, la confianza puesta en esa Virgen que tanto nos ama, esa virgencita tan cubana y tan querida por todos. Y eso es lo que yo le pido cada día, porque ella es madre de todos. En su barquito todos cabemos”.

Por eso los cubanos volvemos a la Virgen de la Caridad una y otra vez.

“En tiempos de tormenta está la madre, la madre llega como lo hizo una vez a la bahía de Nipe, y es capaz de calmar la tempestad. En tiempos de tormenta toca el amor, toca la caridad, toca ciertamente esperar el amanecer”, concluyó Rogelio.

Ella no pertenece únicamente a quienes viven alrededor del templo o la veneran. Su imagen forma parte de la memoria cubana. Es Cachita para quienes crecieron llamándola así; la Virgen Mambisa para quienes la reconocen ligada a la historia de la nación; la madre que ha recibido durante generaciones las alegrías, las promesas, los agradecimientos, las pérdidas y las esperanzas de un país entero.

Tal vez esa sea otra forma de resistir: conservar aquello que nos une cuando todo lo demás parece fragmentarse.

***

Cuando entro al Santuario y miro hacia la Virgen, termino haciendo lo mismo que tantos otros. Pido por encontrar paz, más temprano que tarde, entre tanto sufrimiento.

Por la familia. Por quienes están lejos, por quienes se quedaron, por quienes sufren en silencio, por quienes perdieron demasiado, por quienes todavía esperan recuperar sus casas.

Pido por Cuba.

Quizás ese sea el abrazo del que habla esta historia. No solamente el de una madre que recibe a sus hijos bajo su manto, sino el de un pueblo que, ante los más duros desafíos, siempre busca la manera de levantarse.

Y junto a él permanece la Virgen y su casa.

Como una señal.

Como una promesa.

Como un abrazo.

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