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“Mientras exista un niño dispuesto a tocar un tambor, la conga no morirá”

23 October 2026 Escrito por  Indira Ferrer Alonso

Basta mencionarlo en cualquier esquina de la Avenida Martí de Santiago de Cuba, para que alguien señale hacia el Foco Cultural Conga de Los Hoyos, ese espacio donde el olor a madera y cuero se mezcla con el bullicio de decenas de niños que aprenden a tocar un tambor.

Lázaro Bandera Malet no siempre fue promotor cultural. De adolescente, sin más recursos que su voluntad, llegaba cada día al foco para aprender percusión por su cuenta. Practicaba con taburetes, observaba a los mayores y alimentaba así una pasión que, junto a la paternidad, definiría el rumbo de su vida. "Yo recuerdo que salía de casa y me iba caminando hasta el foco. A veces estaba cansado, preocupado, pero cuando escuchaba los tambores se me olvidaba todo. Me quedaba horas mirando cómo los congueros tocaban, cómo movían las manos, cómo respiraban antes de dar cada golpe. Yo llegaba a mi casa y practicaba con lo que encontraba: un taburete, una lata, mis propios muslos. Mi madre me decía: 'Niño, ¿tú no te cansas?' Y yo me reía porque esto no cansa, esto enamora”.

La labor que hoy desarrolla este santiaguero tiene raíces profundas: la influencia decisiva de su padre y otros congueros memorables dentro de la Conga Los Hoyos.

“Uno de ellos fue Sebastián Herrera, director de la conga durante más de medio siglo. También recuerdo con mucho respeto a Armando Mejía, una figura fundamental que quizás no era tan visible para el público, pero cuyo trabajo creativo marcó muchas de las obras que disfrutó Santiago de Cuba en los carnavales, durante décadas.

“Yo siempre he sentido admiración por los que aportaron desde el conocimiento y la creación. Por eso escogí este camino, me interesa comprender qué hace grande a una conga, qué valora un jurado y qué elementos garantizan la permanencia de esta tradición.

La vida le regaló tres hijos varones, trillizos…

“Desde muy chiquitos tocaban con latas y pomos. Y yo disfrutaba ese juego", dice Bandera. Sabe que aquellos primeros toques eran mucho más que un juego de niños: eran una oportunidad.

"Cuando los veía ahí, tan pequeños, con esos ojitos brillantes, yo pensaba: 'Estos trillizos tienen talento'. Había que ver la entrega con que lo hacían. Y yo me decía: 'Si mis hijos pueden, ¿por qué no van a poder otros niños?' Ellos fueron mi primera inspiración.

“A partir de ahí comencé a observar que muchos otros niños del barrio compartían esa misma pasión, y aunque en la ciudad existían agrupaciones infantiles, no había un proyecto que trabajara con los más pequeños desde edades tan tempranas. Entonces decidí reunir a esos niños y fundar Corazón de Los Hoyos”.

Así, el 1 de noviembre de 2019, nació la agrupación que reúne a niños y a adolescentes.

“Mis trillizos tenían seis años entonces; algunos de los fundadores apenas cuatro o cinco. Hoy el Corazón de los Hoyos cuenta con 30 niños y niñas, incluido un pequeño de cinco años que ya sigue el ritmo de la corneta china con una seriedad increíble".

Bandera asegura que la conga se escucha antes de nacer. Lo afirma con una convicción que no admite dudas.

"Es que aquí la conga no es algo que uno va a buscar. La conga está en el aire, en las paredes, en la leche que mamá le da al niño. Yo he visto mujeres embarazadas que se paran en la puerta cuando pasa la conga, y uno sabe que ese niño ya está escuchando. Ya está aprendiendo sin saberlo".

Y es que, si de conga se trata, Los Hoyos es el barrio santiaguero donde esa tradición se respira. Crece con el sonido de los tambores, con el ambiente cultural que se cuela por las ventanas y las puertas abiertas. Por eso, cuando los pequeños llegan al foco, Bandera no les exige nada. Los deja acercarse libremente a los instrumentos. Que cada uno escoja lo que le llama la atención. Después observa sus inclinaciones naturales, esos gestos que revelan talento, y los guía con paciencia de padre.

"Yo no les digo: 'Ven acá, vas a tocar esto'. No. Yo los dejo. Los dejo que caminen, que miren, que toquen. Y ahí uno se da cuenta. Hay niños que se van directo al tambor, otros que se quedan mirando la corneta china, otros que empiezan a moverse solos cuando escuchan el ritmo. Cada uno trae lo suyo. Mi trabajo es descubrirlo".

"No tengo quejas de las familias", dice cuando se le pregunta por el papel de los padres. "Han sido el principal sostén del Proyecto desde el primer día. Comprenden que esto es algo que sus hijos aman".

"Yo he visto padres que llegan aquí después de trabajar todo el día, cansados, y se quedan parados en la puerta viendo a sus hijos tocar. Y les cambia la cara, le brillan los ojos. Hay madres que han cosido vestuarios hasta la madrugada; abuelos que traen a los nietos aunque llueva. Eso no se paga con nada. Eso es amor".

Y ese amor se nota.

“Muchos de aquellos niños que llegaron con seis años hoy tienen 13 o 14. Han crecido junto al Proyecto, han cambiado. Algunos llegaron con conductas agresivas, con dificultades para relacionarse. Poco a poco, la música y el acompañamiento de nuestros profesores de danza, teatro, literatura, artes plásticas y canto los fueron transformando.

"Yo recuerdo un niño que llegó aquí y no hablaba con nadie. Se sentaba en un rincón y no miraba a los ojos. Los padres me lo trajeron porque no sabían qué hacer. Yo le di un tambor. No le dije nada. Solo se lo puse al lado. Y él lo miró, lo tocó suavecito, y después empezó a golpearlo. Y ahí, en ese momento, algo cambió. Empezó a venir todos los días. Empezó a hablar con los otros niños. Empezó a reír. Hoy es uno de los mejores percusionistas del Proyecto. Eso es lo que hace la conga. Eso es lo que hace la música".

Basta asistir a sus ensayos para darse cuenta de que en el Corazón de los Hoyos, más que aprender a tocar un instrumento, el propósito es formar mejores seres humanos.

La conga es uno de esos tesoros que hacen única a Santiago de Cuba; y la de Los Hoyos tiene una identidad que los hijos de esta ciudad reconocen apenas escuchan unos pocos compases. Más allá del nombre y la historia, la distingue su manera particular de interpretar una tradición transmitida durante generaciones. Quienes la integran conocen sus raíces, sus códigos, sus secretos musicales.

"Uno puede estar en cualquier parte de Santiago, y de repente escucha unos tambores a lo lejos. Y uno dice: 'Esa es Los Hoyos'. No hay que verla. Se reconoce. Es como la voz de un familiar. Uno la escucha y sabe quién es", dice Bandera y se le ilumina el rostro. Tal vez porque perpetuar esa tradición ha sido el motor impulsor de sus días.

Corazón de Los Hoyos representa la raíz de esa agrupación adulta. Los niños observan a los mayores, aprenden de ellos y comienzan a reproducir esos saberes desde edades tempranas. Son el relevo cultural de la Conga de Los Hoyos.

"Yo les digo a los niños: 'Miren a los adultos. Miren cómo tocan, cómo caminan, cómo se paran'. Porque ahí está la historia. Ahí está todo lo que somos. Ellos miran y aprenden. Y un día, sin darse cuenta, están tocando igual que los mayores... Eso es lo más hermoso que uno puede ver".

En tiempos donde predominan otras expresiones musicales, Bandera no teme porque sabe que la conga tiene una fuerza propia.

" En Santiago, cuando la conga pasa por una calle todo se detiene. Puede estar sonando cualquier otro género musical, pero la gente siempre mira hacia donde vienen los tambores", dice.

"Yo lo he visto. He visto muchachos con audífonos, escuchando reguetón, y de repente pasa la conga y se quitan los audífonos. Se quedan mirando. Se quedan escuchando. Y hasta empiezan a arrollar y se van con la conga. Eso no se puede explicar. Eso se siente".

Y tiene razón el promotor cultural. No se trata de competir. Cada género tiene su espacio. Lo importante es que la conga continúa conectando con los jóvenes y despertando emociones, incluso en los momentos más difíciles.

Para Bandera el camino no ha sido fácil. Conseguir instrumentos, vestuario, recursos materiales y apoyo económico no resulta sencillo en el contexto actual del país.

"Ha habido momentos en que no tenemos ni para los tambores. Se rompen los parches y no hay con qué reponerlos. Los niños vienen con zapatos rotos, con ropa remendada. Pero vienen. Y eso es lo que importa.

"Siempre aparecen personas dispuestas a ayudar. Muchos colaboradores dentro y fuera de Cuba se solidarizan con el Proyecto. Los padres realizan enormes sacrificios y yo también he dedicado gran parte de mi vida y de mis recursos personales a esta causa".

"Yo he puesto de mi bolsillo para esto. He dejado de comprarme cosas para comprar un parche, para comprar un instrumento. Mi familia me dice: 'Bandera, ¿tú estás loco?' Y yo les digo: ‘Sí, estoy loco’. Porque cuando ves a un niño tocar y sonreír, eso vale más que cualquier cosa material".

La comunidad acompaña desde el afecto y el entusiasmo, asistiendo a las actividades y alentando a los niños. Pero el apoyo más constante proviene de las propias familias.

Bandera no oculta su preocupación por el futuro de la conga y del Carnaval santiaguero. Es parte de su historia personal: sus padres se conocieron en un carnaval.

"Yo siempre digo que soy hijo del Carnaval", confiesa.

"Mi mamá me contaba que ella estaba bailando en el carnaval, y mi papá la vio y se acercó. Y ahí empezó todo. Yo nací de eso. Yo soy carne de carnaval, soy sangre de conga. Por eso esto no es un trabajo para mí. Esto es mi vida".

Ha visto desaparecer agrupaciones y tradiciones valiosas con el paso del tiempo. Por eso considera imprescindible documentar, investigar y transmitir estos saberes a las nuevas generaciones. Pero también es optimista.

"He visto morir congas. He visto cómo se pierden nombres, cómo se olvidan ritmos. Y eso duele. Duele porque uno sabe lo que significan. Pero también he visto cómo nacen nuevas. He visto cómo los niños agarran lo que les dejamos y lo hacen suyo. Y eso me da esperanza".

"La historia demuestra que el Carnaval santiaguero siempre ha logrado sobrevivir a los momentos difíciles. Ha cambiado, se ha transformado, pero permanece. Y mientras existan personas dispuestas a defenderlo, seguirá vivo".

Al final de la conversación, Bandera resume todo lo que hace con una imagen sencilla, casi poética:

"De una semilla nace una flor. De una flor nace un árbol. De un árbol puede surgir un tambor. Dentro de ese tambor nace un corazón. Y dentro de ese corazón nacen Los Hoyos."

Esa es la esencia de su labor: sembrar para que la cultura cubana siga floreciendo. Para que los niños de hoy sean los portadores de una tradición centenaria. Para que, mientras exista un niño dispuesto a tocar un tambor, la conga no muera.

"Yo no sé qué va a pasar mañana. No sé si esto va a durar para siempre. Pero mientras yo tenga fuerzas, mientras pueda caminar hasta el foco, mientras pueda agarrar un tambor y enseñarle a un niño, lo voy a hacer. Porque esto no es mío. Esto es de ellos, es de Los Hoyos, y es de Santiago".

 

 

 

 

 

 

 

 

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