Cuando las armas volvieron a hablar en Baire y en otras treinta localidades orientales, no era simplemente el reinicio de una guerra contra España. Era la materialización de un sueño largamente acariciado por Martí, quien entendió como nadie que el principal enemigo de la independencia no estaba solo al otro lado del océano, sino también en la desunión de los propios cubanos. La experiencia amarga de la Guerra de los Diez Años y del Pacto del Zanjón, que Maceo se negó a aceptar con su histórica Protesta de Baraguá, había dejado una lección imborrable en el Apóstol: sin unidad no hay victoria posible.
Por eso, la fundación del Partido Revolucionario Cubano, el 10 de abril de 1892, constituyó el pilar sobre el cual se edificaría la «guerra necesaria». Martí no convocó a un grupo, ni a una facción. Convocó al pueblo cubano, «con todos y para el bien de todos», como quiso que fuera la república soñada. Supo articular los anhelos dispersos, aglutinar a veteranos de la guerra anterior como Máximo Gómez y Antonio Maceo, y darle a la causa independentista una estructura orgánica y un programa claro: la independencia absoluta de Cuba y el apoyo a la de Puerto Rico.
El golpe de Fernandina, que en enero de 1895 le arrebató tres barcos con armas y hombres, pudo haber sido el epitafio de cualquier intento revolucionario. Pero Martí, lejos de amilanarse, convirtió el revés en acicate. El 29 de enero, con la firma de la orden de alzamiento, demostró que la voluntad de un pueblo organizado es más poderosa que cualquier confiscación imperial. El «Grito de Baire», aunque no tan simultáneo como se había planeado, encendió la mecha de una guerra que esta vez sí venía con la lección aprendida.
Martí no desembarcó en Playitas de Cajobabo como un simple caudillo más. Llegó como el alma de la revolución, como el hombre que había tejido pacientemente cada hilo de aquella gesta desde el exilio. Su caída en combate, el 19 de mayo de 1895, a solo tres meses del inicio de la guerra, fue un golpe durísimo, pero su espíritu ya había quedado incrustado en la médula de la lucha. Su muerte, junto a la de Maceo un año después, dejó heridas profundas que, como advirtió, abrieron paso a viejos fantasmas divisionistas que facilitaron, al final, la intervención oportunista de Estados Unidos.
Sin embargo, más allá del desenlace de la guerra, lo que pervive es la enseñanza martiana. El 24 de febrero de 1895 demostró que la unidad es condición indispensable para la supervivencia de la nación. Martí no solo previó la guerra contra España; vislumbró con claridad visionaria la amenaza que se cernía desde el norte. Su carta inconclusa a Manuel Mercado, escrita la víspera de su muerte, es el testamento político de quien entendió que la independencia de Cuba era también el dique necesario para contener el expansionismo estadounidense sobre Nuestra América.
Hoy, 131 años después, aquella fecha sigue siendo un símbolo vivo. No en vano, el 24 de febrero fue el día escogido en 1976 para proclamar la primera Constitución socialista de Cuba, y también en 2019 para refrendar la actual Carta Magna. En ambas, late el espíritu de aquella república soñada por Martí, «con todos y para el bien de todos». La guerra necesaria no terminó con la victoria militar inmediata, pero sembró la conciencia de que la independencia es una obra permanente, que exige vigilancia, unidad y la convicción inquebrantable de que, como dijo el Apóstol, «la patria es ara, no pedestal». El 24 de febrero de 1895 es, por todo ello, la fecha en que Cuba se puso de pie para no volver a arrodillarse jamás.