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La épica cotidiana de la mujer santiaguera

08 March 2026 Escrito por  David Alejandro Medina Cabrales
Rafael Cintra

Santiago, la tierra indómita, la de la ñapa y el son, solo se entiende cabalmente desde el alma de sus mujeres.

En el reparto de hoy, mientras el sol calcina las lomas y la guagua pasa renqueante, la mujer santiaguera ya va dos pasos adelante. Si ella se detiene, se detiene todo. Hay que verlas al amanecer en los portales del Tivolí, con el uniforme planchado a la luz de una vela porque la corriente se fue anoche; hay que verlas en el fondo de un batey, arrancándole con las uñas los frutos a la tierra.

Luego, cuando el reloj marca la hora, se transforman. O, mejor dicho, revelan la otra faz de su potencia.
En los laboratorios, las científicas santiagueras, con la vista fija en un microscopio, buscan la cura que el país necesita, llevando en la sangre el mismo rigor que sus abuelas aplicaban para zurcir un uniforme roto.

Son las doctoras de los hospitales Saturnino Lora y el Infantil Sur, que llegan a sus casas con el rostro marcado por la mascarilla y el alma agotada de haber sostenido la mano de un desconocido, y aún así encuentran fuerzas para preparar la merienda. Y en los Consejos de Dirección, en las fábricas y en los campos, están las que dirigen.

Ya no es la excepción, aunque antes del triunfo revolucionario lo era. Son mujeres que aprendieron a dirigir obedeciendo a su propia historia, que saben que liderar un colectivo laboral en Santiago no es solo cumplir el plan, es entender por qué el obrero llegó callado hoy, es buscar la pieza que falta con la misma inventiva con que se rebuscan en la casa.

Dirigen con la autoridad que da el haber cargado, durante generaciones, con el peso de un país sobre hombros que nunca se han negado a sumar otro fardo.

Porque esa es, quizás, la esencia más conmovedora de la mujer santiaguera en este 8 de marzo: su capacidad de estar ahí, de manera insobornable.

Están ahí, en la producción de alimentos, sembrando la vianda que comeremos mañana, con las manos metidas en la tierra y la mirada puesta en el horizonte de la soberanía. Están ahí, en las aulas, enseñando a leer en escuelas, sembrando futuro con la misma paciencia con la que siembran albahaca en una lata de conserva en el balcón. Están ahí, frente a una pizarra o detrás de un mostrador, frente a una junta médica o al frente de una tropa de hombres que las respetan porque les han demostrado, con hechos y no con palabras, que el mando no es un privilegio, sino una forma más de entrega.

Son las que sostienen la baranda de la vida cuando el edificio tiembla, porque en esta tierra de terremotos y ciclones, ellas son el único intangible sísmico que no derrumba casas, sino que levanta esperanzas.

Son, en definitiva, la certeza de que, pese a todas las dificultades y limitaciones que impone la realidad, hay algo que jamás flaqueará: esa fuerza telúrica, emotiva y vital que, con nombre de mujer, le sale al paso a cada amanecer para recordarle a Santiago que ningún día es lo suficientemente duro como para no ser vivido.

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