Por su trascendental significado no dudó José Martí en incluir a la Protesta de Baraguá en el excelso sitio “de lo más glorioso de nuestra historia”. Retumban todavía el “no nos entendemos” del Titán de Bronce, el raigal compromiso revolucionario de la Constitución allí promulgada; la fidelista convicción de que “el futuro de nuestra patria será un eterno Baraguá”; y la vigencia del Juramento, que lleva ese título, suscrito por la inmensa mayoría de los cubanos en el año 2000.
En ese recóndito sitio de la geografía oriental se dio continuidad a la gesta libertaria, se respaldó a la Revolución, que solo tuvo treguas, para luego, con una fuerza extraordinaria, luchar, resistir y vencer. La paz sin independencia negociada por algunos no fue asumida por aquellos que estaban dispuestos a ofrendar su vida -como lo hicieron-, en la manigua redentora.
El que tuvo “tanta fuerza en la mente como en el brazo”, no vaciló para replicar, al General Arsenio Martínez Campos, la propuesta del poder colonial: “No estamos de acuerdo con lo pactado en el Zanjón; no creemos que las condiciones allí estipuladas justifiquen la rendición después del rudo batallar por una idea durante 10 años y deseo evitarle la molestia de que continúe sus explicaciones porque aquí no se aceptan”.
Nuestro Comandante en Jefe, tan viril como Maceo y en la heroica Santiago en octubre de 1991, sentenció: “¡Antonio Maceo, aquella, tu inolvidable, gloriosa e insuperable protesta que un día tuvo lugar bajo aquellos Mangos de Baraguá, esa misma protesta es la que hoy tiene lugar aquí, bajo estos aceros que simbolizan tus invencibles machetes!”.