Allí, en el extremo oriental de Cuba, la soberanía alimentaria no es un concepto académico: es una lucha de zapatos embarrados y manos callosas.
Narvael Silva López lo sabe bien. Él pertenece a esa estirpe silenciosa de pequeños parceleros que, contra el desgaste de los kilómetros y las limitaciones del terreno montañoso, sostienen la promesa de un plato sobre la mesa.
Su jornada empieza antes del alba. Diez kilómetros de ida y otros tantos de vuelta. No es solo un trayecto: es un acto de pertenencia.
«Uno cuida lo que le cuesta», expresa su testimonio, que encierra una lección colectiva: cuando muchas individualidades como la suya se suman, el país se acerca un poco más a su soberanía alimentaria.
En Guamá, donde las tierras productivas se ganan a pulso en las inmediaciones montañosas, Narvael es un emblema modesto pero imprescindible.
Su empeño cotidiano refuerza, sin grandes discursos, ese vínculo profundo entre el hombre y la tierra que ningún kilómetro puede desgastar.
Con información de Benigno Rodríguez Torres.