El reloj de la ciudad marcaba las seis de una madrugada cualquiera cuando alguien susurró: “Ahí sigue”. Y era cierto. Su sonrisa florece en cada amanecer, como si el sol hubiera aprendido a imitarlo.
Su voluntad se ensancha en el paso colectivo de quienes caminan sin prisa pero sin pausa. Su mirada, esa brújula vertical, sigue trazando horizontes desde la altura justa de un guerrillero del tiempo.
Aguja tras aguja, Fidel no es un recuerdo: es un pulso. El de los niños y las niñas que aún lo nombran sin miedo. El que, junto a Vilma, tejió una Revolución dentro de otra Revolución: desatando leyes y ternura para liberar a la mujer.
El Fidel solidario. El nuestro. El eterno. Hoy, Ciudad Heroica no le da el último adiós.
Las manecillas giran, sí, pero para abrazarlo. Una vuelta, otra, otra más. Hasta la eternidad.