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Una mujer que enfrenta la vida, pero que también es madre

10 May 2026 Escrito por  David Alejandro Medina Cabrales

Hay personas que parecen tener en las manos la gravedad de un ingenio y la dulzura de un hogar al mismo tiempo. Diana Sedal Yanes es una de ellas. Rectora de la Universidad de Oriente desde hace nueve años, madre de una hija de 19, esposa, hija, nieta de ese Camagüey profundo donde el central Jaronú —después Brasil— marcaba con su chimenea el pulso de un pueblo entero. Y en ese pueblo, llamado cariñosamente Jaronú, nació ella.

Diana no olvida sus primeros días en aquel batey de Esmeralda. Lo recuerda como si fuera ayer, con esa memoria que no es solo nostalgia, sino brújula. «Allí me formé desde pequeña», dice, y la frase no es un lugar común. Su abuela, una mujer que trabajó en casi todas las casas del pueblo haciendo labores domésticas para ganarse la vida, fue la que nunca soltó su mano. Ella, con ese empeño callado de quien sabe que la educación es el único camino, veló siempre por la preparación de Diana. De esa humildad y esa fuerza nació la Rectora que hoy conduce los destinos de la Casa de Altos Estudios del Oriente cubano.

Pero llegar hasta aquí no ha sido un camino llano. Diana Sedal Yanes tiene aproximadamente 30 años en la Educación Superior. Antes de ser Rectora, dirigió la Facultad de Ciencias Sociales, un empeño que ella misma describe como un entrenamiento para conducir grandes equipos. «La dirección es un arte —asegura— y uno tiene que entrenarse de manera permanente, sobre todo porque lleva mucha decisión colectiva, no personal». Luego vino una misión internacionalista de dos años en Venezuela, después cuatro como Vicerrectora Primera, y desde hace nueve, el timón de la Universidad de Oriente.

Sin embargo, su vida nunca ha sido solo auditorios y estrategias institucionales. A los 15 días de haber sido nombrada Decana, comenzaron los primeros síntomas de embarazo. Es decir, que su hija Alejandra creció al ritmo de las responsabilidades académicas. «Los 19 años de mi hija han sido también al frente de labores administrativas, y esas han ido creciendo», confiesa con esa honestidad que la caracteriza. Y añade algo que podría resumir a toda una generación de mujeres cubanas: «Todas las tareas y asuntos escolares de mi hija las hice en horarios extras, en la madrugada, pero nunca dejamos de hacerlas. Nuestras tareas laborales, tanto las mías como las de su papá, no podían convertirse en un impedimento para que ella pudiera realizar sus sueños».

Porque el sueño de Alejandra era la música. Y eso implicaba otro nivel de sacrificio. «Yo aún me pregunto cómo podíamos lograrlo todo —dice Diana con una sonrisa que es casi una confesión—. Ir a la Sala Dolores tres veces a la semana, salir a las ocho de la noche y empezar a hacer todas las tareas laborales». Solo se podía, insiste, por lucha, voluntad. Y por la voluntad de ella, que tenía demasiada. Los fines de semana, los conciertos. Diana llegaba agotada, pero el empuje de su hija la hacía ir. Luego, dos horas de entrenamiento musical, volver a casa y ponerse de nuevo en función de la docencia. «Su perseverancia fue nuestro motor impulsor», resume.

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Ser madre, para ella, es una bendición en el sentido más profundo: poder procrear y después poder disfrutar. Aunque confiesa que su sueño era tener trillizos. No fue así. Viene de una familia donde su abuela tuvo tres parejas de trillizos y una tía, también trillizos. «Esa relación tan bonita que teníamos como familia desde niña nos hermanó mucho —recuerda—. Esa mística de vestirlos iguales, peinarlos parecido, confundirse quién era quién. Yo también tenía ese sueño». Hoy, con una sola hija, asume la maternidad como un ejercicio permanente, sistemático, donde cada día se revaloriza todo. «Mi mayor sueño es que Alejandra sea una buena persona, independientemente de lo que profesionalmente aspire a ser».

El día a día de la Rectora de la Universidad de Oriente es fuerte, intenso. Comienza haciendo algún ejercicio físico, pero la Universidad es dinámica, flexible, y ella prefiere tocar las cosas con las manos. «No dejo las cosas al azar —dice—. Organizar, supervisar, controlar. Me siento siempre inconforme con lo alcanzado». Su día es muy largo: entra de día, pero nunca se va de día. Incluso cuando lo intenta, es difícil. La acompaña no el pesimismo, sino el espíritu de poder salvar. «La Universidad hay que pensarla, hay que soñarla, hay que imaginarla», sentencia.

Y en medio de esa vorágine, el hogar. Los domingos se los dedica a su casa, a su familia, al descanso. Pero el orden doméstico no ha sido un obstáculo, gracias a un cómplice de primera: su esposo Alejandro. «Muchas de las tareas del hogar él las ha asumido de forma natural —agradece Diana—. Nunca me ha reclamado nada». Ella, desde pequeña, enseñó a su hija a planchar, cocinar, lavar. Y hoy Alejandra cocina muy rico —mejor que ella, admite— y lava de forma impecable.

Diana no es santiaguera de origen. Tiene su familia lejos, y eso ha implicado un mayor esfuerzo personal y de pareja. Pero el acompañamiento de su esposo ha sido determinante para atender los imprevistos. Por eso dice, con la sinceridad de quien ha vivido en carne propia el equilibrio inestable, que ser madre y Rectora es una doble responsabilidad inmensa. Y que eso solo se puede lograr con el acompañamiento de toda la familia, pero sobre todo con su comprensión.

«Yo tengo dos hogares —confiesa al final, como quien revela un secreto a voces—: la casa de mi suegra en Santa Bárbara y la Universidad de Oriente. Y en ese entorno me he movido durante estos treinta años».

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La tarde en que Diana Sedal Yanes contó todo esto fue de esas mágicas, inolvidables, donde se comparten sueños, proyecciones, ideas y recuerdos. Ella hoy es Rectora de la casa de Altos Estudios del Oriente cubano, la mambisa Universidad de Oriente, pero también es madre. Y en este Día de las Madres, ella lo reconoce sin artificios: ser madre y Rectora es una responsabilidad, una doble responsabilidad inmensa que ha tenido que transitar durante muchísimos años con el acompañamiento de su familia.

Al final de la conversación, este periodista en formación, hijo y estudiante de esta misma Universidad, solo pudo darle las gracias. Por contar con una persona como ella. Por ser orgullosamente un ejemplo. Y por demostrar que, desde un pequeño batey camagüeyano hasta la más alta responsabilidad académica, se puede llegar sin dejar de ser madre, sin dejar de ser mujer y sin olvidar nunca de dónde se viene.

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