La orden fue dada por el Comandante en Jefe Fidel Castro Ruz. Arriba, en la comandancia, el líder de la Revolución cubana supo que por la costa norte de Oriente había desembarcado la expedición del Corinthia. La dictadura los acosaba. Sin dudarlo, con esa solidaridad que caracteriza al revolucionario verdadero, Fidel decidió abrir una cortina de fuego al sur. Había que atacar la guarnición de El Uvero para desviar la atención del enemigo.
La noche del 27 de mayo fue un susurro en la oscuridad. Los rebeldes caminaron 16 kilómetros durante ocho horas. El objetivo era un cuartel reforzado, defendido por 53 soldados bien armados, resguardados en posiciones de hormigón. Los rebeldes, apenas 80.
Pero como bien dijera el General de Ejército Raúl Castro años después, en la guerra no siempre gana el que tiene más balas, sino el que tiene más corazón.
Fidel dio la señal de inicio con un certero disparo a la caseta de la radio, dejando incomunicados a los soldados de la tiranía. Sin tanques, sin aviación, los barbudos tuvieron que avanzar a campo traviesa.
“Nuestros hombres tomaron por asalto cada posición, avanzando sobre las balas”, relataría más tarde el Comandante en Jefe. Y no era una metáfora. El entonces capitán Juan Almeida Bosque, herido de tres impactos de bala, se convirtió en “el alma del combate”, dirigiendo un avance que muchos calificaron de suicida, pero que fue la llave de la victoria.
Cuando cesaron los disparos, tres horas después, el precio estuvo escrito con sangre. Siete hijos de Cuba habían caído para siempre: los tenientes Julio Díaz González y Emiliano Díaz Fontaine, junto a los valientes Gustavo Adolfo Moll, Francisco Soto Hernández, Anselmo Vega, Eligio Mendoza y Rigoberto Cilleros. El enemigo, en cambio, contaba 11 muertos y 19 heridos. La operación fue un éxito rotundo, pero el luto ensombrecía la ceja de la sierra.
Terminada la refriega, mientras el polvo aún flotaba en el ambiente, el mayor de los gestos de grandeza tuvo lugar. El argentino Ernesto Guevara, el “Che”, dejó el fusil para volver a ser médico.
En medio de la devastación, el Che atendió a los heridos. No solo a los suyos. Su humanismo no conocía uniformes enemigos cuando de por medio había una vida. Pero el momento más desgarrador ocurrió frente a un compañero rebelde herido de gravedad. Una bala le había destrozado el brazo y atravesado el pulmón, incrustándose en la columna. Estaba paralítico y agonizante.
En su relato, el Che confesaría la escena más conmovedora de aquel 28 de mayo: “Su estado era gravísimo... Al comunicarle que lo dejaríamos allí (con los soldados enemigos, pues era imposible trasladarlo), el combatiente me saludó con una sonrisa triste que podía decir más que todas las palabras... Lo sabía también y estuve tentado en aquel momento de depositar en su frente un beso de despedida, pero el deber me indicaba que no debía amargar más sus últimos momentos...”.
Esa mezcla de horror y ternura selló para siempre la moral del Ejército Rebelde.
El Uvero fue una victoria táctica, pero también el bautizo de fuego que forjó a los líderes. A partir de aquel 28 de mayo, la guerrilla supo que podía enfrentar y vencer a un ejército regular. La moral se disparó como un cohete .
Pocos días después, en un acto casi de rebeldes a secas, Fidel nombró al Che comandante. “Ponle comandante”, ordenó Fidel al firmar un ascenso que llegaba bañado en sangre y sudor. Así nació la Columna 4, y así, el pequeño grupo disperso en Alegría de Pío se convirtió en una fuerza imparable.
Hoy, el obelisco en El Uvero no solo mira al mar. Mira a los jóvenes de Santiago, a esos muchachos que, como recordó recientemente el Primer Secretario del Comité Central del Partido y Presidente de la República Miguel Díaz-Canel, tienen la misión de preservar esa “determinación revolucionaria de vencer siempre, a pesar de las adversidades”.
Porque en cada rincón de Guamá, en cada escuela y en cada consultorio médico que hoy existe donde antes solo había cementerios y aislamiento, sigue vivo el espíritu de aquellos siete mártires. Ellos nos enseñaron que la victoria no es solo destruir al enemigo, sino tener la entereza de besar la frente de un amigo moribundo y la sabiduría para convertir el dolor en patria.