El sistema de vigilancia clínico-epidemiológico se ha declarado en alerta reforzada en los policlínicos y hospitales, con seguimiento febril en las áreas de mayor transmisión. Sin embargo, estas acciones, por sí solas, no están logrando doblegar la curva de infestación.
La razón es epidemiológicamente sencilla y culturalmente compleja: el Aedes aegypti es un mosquito eminentemente doméstico que se cría en los recipientes que el ser humano mantiene dentro y alrededor del hogar. La fumigación elimina al mosquito adulto, pero no a las larvas que proliferan en una goma inservible, un tanque bajo mal tapado, un florero o una cazuela bajo el fregadero. Mientras esos criaderos persistan, cada rociado será solo un alivio pasajero.
Aquí entra la parte que ningún equipo de salud puede suplir: la conducta cotidiana de la población. La Organización Mundial de la Salud (OMS), en su Estrategia de Gestión Integrada de Vectores, es taxativa: la eliminación física de los criaderos sigue siendo la intervención más costo-efectiva y sostenible para prevenir las arbovirosis. Traducido a la rutina santiaguera, eso implica que cada familia debe, al menos una vez por semana, revisar su entorno con ojos de inspector: destruir latas, botellas y neumáticos que acumulen agua; tapar herméticamente los tanques elevados y las cisternas; reemplazar el agua de los floreros por arena húmeda; limpiar las canaletas del techo y voltear los recipientes en desuso. La campaña del “autofocal” deja de ser un eslogan cuando un solo vaso plástico puede convertirse en criadero de cientos de mosquitos capaces de infectar a una cuadra entera.
A estas medidas ambientales, la OMS y el MINSAP suman otras de protección personal que en Santiago cobran especial urgencia: usar mosquiteros, vestir ropa clara que cubra brazos y piernas, y aplicar repelente en los horarios de mayor picada, al amanecer y al atardecer. Tan importante como prevenir las picaduras es saber reaccionar. Ante fiebre elevada, dolor retroocular, sarpullido o molestias articulares intensas —señas del dengue o el chikungunya— la indicación es clara: acudir de inmediato al médico y jamás automedicarse con aspirina, ibuprofeno u otros antiinflamatorios no esteroideos, pues en caso de dengue pueden desencadenar hemorragias severas. Las fuentes del sistema provincial de salud insisten en que la red de consultorios y policlínicos está preparada para un diagnóstico precoz y el seguimiento de casos, pero necesita que el paciente llegue a tiempo y sin haber ingerido fármacos contraindicados.
El desafío santiaguero, entonces, no se reduce a la capacidad operativa de las brigadas antivectoriales, que pese a limitaciones materiales han mantenido su labor. Lo que está en juego es un pacto colectivo que trasciende la campaña de un verano. El elevado índice de infestación no solo denuncia la presencia del mosquito; evidencia un déficit de percepción de riesgo y, a veces, una peligrosa normalización del vector dentro del entorno doméstico cuando impera la necesidad de un correcto saneamiento ambiental.