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Céspedes y Agramonte vistos por José Martí

08 October 2026 Escrito por 

El extraño puede escribir estos nombres sin temblar, o el pedante, o el ambicioso; El buen cubano no.  De Céspedes el ímpetu, y de Agramonte la virtud, El uno es como el volcán que viene, tremendo e imperfecto, de las entrañas de la tierra; y el otro es como el espacio azul que lo corona. De Céspedes, el arrebato, y de Agramonte la purificación. El uno desafía con autoridad como de rey; y con fuerza como de luz el otro vence.

Vendrá la historia con sus pasiones y justicia; y cuando los haya mordido y recortado a su sabor, aún quedará en el arranque del uno y en la dignidad del otro, asunto para la epopeya. Las palabras pomposas son innecesarias para hablar de los hombres sublimes. Otros hagan, y en otra ocasión, la cuenta de los yerros, que nunca será tanta como la de las grandezas.

Hoy es fiesta, y lo que queremos es volverlos a ver al uno en pie, audaz y magnífico, y dictando de un ademán al disiparse la noche, la creación de un pueblo, y al otro tendido en sus últimas ropas, cruzado del látigo el rostro angélico, vencedor aún en la muerte! Aún se puede vivir, puesto que vivieron a nuestros ojos hombres tales!

Es preciso haberse echado alguna vez un pueblo a los hombros, para saber cuál fue la fortaleza del que sin más armas que un bastón de Carey con puño de oro, decidió, cara a cara, de una nación implacable quitarle para la libertad su posesión más infeliz como como quién quita a un tigre su último cachorro’.

“Y no fue más grande cuando proclamó a su patria libre, sino cuando reunió a sus siervos y los llamó a sus brazos como hermanos.

Cree que su pueblo va en él, y cómo ha sido el primero en obrar, se ve con derechos propios y personales como con derechos de padre, sobre su obra. Asistió en lo interior de su mente al misterio divino del nacimiento de un pueblo en la voluntad de un hombre, y no se ve como mortal, capaz de yerros y obediencia, si no como monarca de la libertad, qué ha entrado vivo en el cielo de los redentores.

Baja de la Presidencia cuando se lo manda el país y muere disparando sus últimas balas frente al enemigo, con la mano que acaba de escribir sobre una mesa rústica versos de tema sublime.

 En tanto ¡Sé bendito,  hombre de mármol

¿Y aquel del Camagüey aquel diamante con alma de beso?

Ama a su Amalia locamente; pero no la invita a levantar casa si no cuando vuelve de sus triunfos de estudiante en La Habana cómo convencido de que tienen todavía mejilla aquellos señores para años: ¡no valen para nada! ¡Para nada!

Y a los pocos días de llegar al Camagüey, la audiencia lo visito, pasmada de tanta autoridad y moderación en abogado tan joven; Y por las calles dicen; ‘’!ése!’’ y se siente la presencia de una majestad, pero ¡no él, no él! Que hasta que su mujer no le cosió con sus manos la guajira azul para irse a la guerra, no creyó que habían comenzado sus bodas.

Por su modestia parecía orgulloso;  la frente, en que el cabello negro encajaba como en un casco, era de seda, blanca y tersa, como para que la besase la gloria; oía más que hablaba, aunque tenía la única elocuencia estimable que es la que arranca de la limpieza del corazón; se sonrojaba cuando le ponderaban su mérito; se le humedecían los ojos cuando pensaba en el heroísmo, o cuando sabía de una desventura o cuando el amor le besaba la mano: ‘!le tengo miedo a tanta felicidad!’ Leía despacio obras serias. Era un ángel para defender y un niño para acariciar. De cuerpo era delgado, y más fino que recio, aunque de mucha esbeltez.  Pero vino la guerra, domó de la primera embestida la soberbia natural, y se le vio por la fuerza del cuerpo, la exaltación de la virtud. Es como si por donde los hombres tienen corazón, tuviera él estrella.

Su luz era así cómo la que dan los astros; y al recordarlo, suelen sus amigos hablar de él con unción, cómo se habla de las noches claras y como si llevase descubierta la cabeza.

¡Acaso no hay otro hombre que en grado semejante haya sometido en horas de tumulto su autoridad natural a la de la patria!  ¡Acaso no haya romance más bello que el de aquel guerrero que volvía de sus glorias a descansar, en la casa de palma, junto a su novia y su hijo! ¡Jamás, Amalia, jamás seré militar cuando acabe la guerra!  Hoy es grandeza y mañana será crimen. ¡Yo te lo juro por él, que ha nacido libre! Mira, Amalia, aquí colgaré mi rifle. Y allí, en aquel rincón donde le di el primer beso a mi hijo, colgaré mi sable´.   Y se inclinaba el héroe, sin más tocador que los ojos de su esposa, a que con las tijeras de cocerle las dos mudas de dril en que lucía tan pulcro y hermoso, le cortase, p ara estar de gala en el santo de su hijo, los cabellos largos.

¡Aquel era el amigo de su mulato Ramón Agüero, al que enseñó a leer a su mulato con la punta del cuchillo en las hojas de los árboles, el que despedía en sigilo decoroso sus palabras austeras y parecía que curaba como médico cuando censuraba como general, el que cuando no podía repartir, por ser pocos, los buniatos o la miel, hacía cubalibre con la miel para que alcanzase a sus oficiales o le daba los buniatos a su caballo,  antes que comérselos él solo,  el que ni en sí, ni en los demás,  humilló  nunca al hombre! Pero jamás fue tan grande, ni aun cuando profanaron su cadáver sus enemigos, como cuando al oír la censura que hacían del gobierno lento sus oficiales, deseosos de verlo rey por el poder como lo era por la virtud, se puso en pie, alarmado y soberbio, con estatura que no se le había visto hasta entonces, y dijo estas palabras: ‘! Nunca permitiré que se murmure en mi presencia del Presidente de la República!’.

¡Estos son, Cuba, tus verdaderos hijos!

 

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Orlando Guevara Núñez

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