En mi consideración, la bandera que estuvo en la manigua y que en Santiago tiene su fiesta en la noche de cada 31 de diciembre, sencillamente, no puede ser izada cuando está deteriorada, aunque sería muy lícito alzarla en medio de una agresión, cual regia enseña que tiene “la estrella que ilumina y mata”.
Ese hombre, que de cubano tiene casi nada, recibió el regaño de muchos; yo le dije que ni siquiera tenía el derecho de mirarla, y respondió que la que quería mirar era la estadounidense: la bandera de las barras y las estrellas; 50 estrellas que representan a cada estado de una unión forjada mediante la anexión, el chantaje y la guerra. Pero es una bandera que también merece respeto y a la que, según una tradición, se jura lealtad en eventos públicos y, especialmente, en las escuelas, donde el juramento es un ritual matutino.
Cómo no hacerlo con la nuestra que, como el Himno de Bayamo y el Escudo, está protegida por la Constitución y la Ley 128 de 2019: De los símbolos nacionales de la república de Cuba. Nuestros mambises lucharon con y por ella (en tanto representa a la Patria); nuestros deportistas lloran cuando la miran en las premiaciones, al tiempo que cantan el himno; la inmensa mayoría de los cubanos en el exterior se conmueve cuando la ve o la recuerda, porque ella es Cuba.
Desde la primera infancia nos enseñan a saludarla y el propio artículo 3 de la Ley 128, dicta que “todos los cubanos tienen la obligación de respetar, cuidar y rendir honores a los símbolos nacionales. Del mismo modo les deben respeto los extranjeros que se encuentren en el territorio nacional”.
Nuestra bandera ha de usarse “con el mayor respeto y cuidado, ocupando siempre un lugar visible, preeminente y de máximo honor (...), no se inclina ante otra bandera, insignia, símbolo o persona”.
Qué dirían Céspedes, Martí, Maceo o Fidel si presenciaran tal afrenta a la Patria. Seguramente la severidad en el actuar devendría en juicio ejemplarizante. Qué diría el poeta que tras retornar “con el alma enlutada y sombría” la buscó y vio a otra, precisamente la de las barras y las estrellas.
Bonifacio Byrne, anhelaba ver “la bandera más bella que existe”, por lo que sostuvo “con honda energía, que no deben flotar dos banderas, donde basta con una: ¡la mía!”. Es que nuestra enseña nacional “en los campos que hoy son un osario / vio a los bravos batiéndose juntos /y ella ha sido el honroso sudario/ de los pobres guerreros difuntos”.
Tal era su amor por la que “orgullosa lució en la pelea / sin pueril y romántico alarde", que exigió en viriles versos que "¡al cubano que en ella no crea / se le debe azotar porc obarde!”.
Nuestra bandera, “no ha sido jamás mercenaria”, y ostenta una estrella “con más luz cuando más solitaria”; aún nuestros muertos la sabrán defender como al Himno y al Escudo. Los símbolos son sagrados, en ellos se resume la Patria martiana, que “es ara y no pedestal”.