Esa certeza que nace en lo más hondo —intuición, alerta, ternura sin nombre— solo la explica el amor de quien da vida, pero también conciencia. Quien siembra valores y pelea, sin tregua, por un mundo mejor para sus hijos e hijas. En Cuba, esa gratitud tiene un rostro eterno: el de Vilma Espín Guillois.
A pocas jornadas de conmemorar el Día de las Madres, desde el canal Teleturquino evocamos a quien fue, para tantas, la madre de la Federación de Mujeres Cubanas (FMC).
Vilma Espín, ingeniera química de formación, revolucionaria en las entrañas de la Sierra Maestra, marcó un antes y un después para la mujer cubana.
No solo combatió la dictadura de Batista junto a Raúl y Fidel, sino que hiló, con mano firme y mirada sensible, una red de derechos, educación y dignidad femenina.
Porque Vilma fue política, sí, pero también fue esa presencia que trasciende el bronce y el discurso.
En cada segundo domingo de mayo, en cada rosa que una hija ofrece a su madre, en cada nieta que crece sin miedo a estudiar, liderar o soñar, permanece ella.
Su memoria no es recuerdo: es legando vivo.
Es la certidumbre de que el amor más revolucionario es el que no se rinde, el que funda hogares y escuelas, el que sigue latiendo aun cuando el calendario pase página.
Hoy, cuando tantas madres cubanas reciben el abrazo de los suyos, levantamos la vista hacia Vilma. Porque ser madre —como ella lo supo en cada batalla— es también dejar huella en la historia. Y ella, con su ejemplo, sigue pariendo futuros