“Su amor se desbordaba sobre los hijos de la patria padecientes”, afirmó sobre ella nuestro Héroe Nacional. Nacida el 12 de julio de 1815, con 53 años se unió a la guerra iniciada por Carlos Manuel de Céspedes, donde estuvo al frente de una unidad sanitaria del Ejército Libertador. En los hospitales de campaña, socorrió incluso a los hombres que dio a luz.
Ella, a su avanzada edad, vivió en piel propia las penurias de la vida en campaña, las grandes marchas con pies desnudos, el hambre, la hostilidad de la manigua y la amenaza ante el fuego español. Todo esto formó parte de su vida en los campamentos insurrectos. Ante el sacrificio de sus hijos y esposo, que conocieron los horrores de la tortura, la reclusión, el plomo, el hierro, el exilio y la muerte; nunca reculó, embriagada con el sueño de ver a su Patria soberana.
El carácter y la rectitud indoblegable de la mujer cubana, cristalizó en la figura de Mariana. Su ímpetu estuvo presente en la forja de titanes de bronce, leones con apariencia humana, seres ardientes como el fuego, intransigentes como el tiempo, hábiles con la mente, rectos en su conducta y paradigmáticos como su madre.
Algunos, han percibido a la madre de los Maceo, como una desnaturalizada e inconmovible ante los padecimientos de su descendencia. Nada más lejos de la verdad, sus vástagos, no eran solamente los portadores de su apellido, sus hijos eran muchos más que los 14 que alumbró. Para la Madre de la Patria, todos los cubanos que luchaban por ver a Cuba bajo las luces de libertad y sobre el altar de la dignidad, eran sus hijos.
Luego del Pacto del Zanjón, se vio obligada a exiliarse en Kingston, Jamaica, y aun así, no dejó de preocuparse por las conspiraciones que se gestaban en el seno de la tregua fecunda y por la labor revolucionaria de su progenie. Su casita en Kingston, fue punto de reunión de muchos de los independentistas y foco activo de la actividad anticolonial. Mariana murió en 1893, fuera de la tierra que tanto amó hasta el fin de sus días.
Defender nuestras convicciones, nuestra historia, cultura, identidad y el derecho a vivir bajo un cielo soberano, es un tributo a la sangre que ha corrido rauda por nuestros campos, calles y lomas para abonar la Cuba de hoy y las generaciones del mañana.
Por eso, quien defiende a nuestro pueblo, puede erguir la cabeza consciente del honor que representa ser heredero de la Madre de la Patria, y del sueño que ella al igual que muchos otros no lograron ver hecho realidad.