La venta de un producto o prestación de servicios, no solo se debe ver como una estimulación que se expresa en remuneración económica, sino también en materia de valores de una empresa o entidad, tanto humanos, como de identidad (imagen positiva o negativa del negocio).
Una sonrisa y buen recibimiento, la preparación previa del área de trabajo, la disposición a adelantarse a las necesidades del usuario; la conversación afable para extraer la mayor cantidad de información acerca de las expectativas y nociones de la persona; el ofrecer una experiencia inolvidable...
Todo esto se refleja en gratificaciones, que anclan tanto a los clientes actuales como a nuevos, por recomendación de los primeros. Sin embargo, si se descuida el detalle, una mala referencia puede echar por tierra el esfuerzo de muchos.
De ahí que la capacitación constante del personal y su evaluación, el control y chequeo de este, así como su seguimiento, garantizan el establecimiento de indicadores de medición y de tareas.
No solo depende de esto el respeto al público, sino que además determinan las características de la vida social y económica de la localidad y el país.