Habría que ser ciego o voluntariamente indolente para no contextualizar este gesto en la dimensión exacta que merece. Cuba enfrenta hoy una de las crisis energéticas más severas de las últimas décadas, directamente derivada del recrudecimiento extremo del bloqueo económico, comercial y financiero impuesto por el gobierno de los Estados Unidos.
Pero no basta con señalar al enemigo externo, por poderoso y real que sea, para eximirnos de la mirada crítica hacia adentro. Porque si bien el bloqueo explica la escasez, no explica del todo la insensibilidad que a diario exhiben muchas de nuestras estructuras.
La paradoja duele precisamente por el contraste: mientras un ciudadano particular, con recursos propios y en medio de las mismas dificultades que aquejan a cualquier cubano de a pie, decide poner su vehículo al servicio gratuito de estudiantes como yo, es frecuente observar cómo decenas de carros pertenecientes a organismos y empresas estatales transitan vacíos por las mismas vías, ignorando las paradas repletas de personas que necesitan llegar a sus centros laborales o de estudio.
En estos casos se trata de preguntarnos, con la honestidad crítica que reclamaba el General de Ejército, Raúl Castro Ruz, en aquel discurso aldabonazo de Camagüey -en las recordaciones de el 26 de Julio-, si las inercias burocráticas y el “almibaramiento institucional” crónico no nos han llevado a naturalizar lo que debería resultar insoportable.
El gobierno ha aprobado decretos y resoluciones a nivel de país para promover el transporte solidario como vía para paliar la situación, y esa voluntad política merece reconocimiento. En ese escenario, el gesto del chofer anónimo de la ruta Ferreiro-Micro 8 adquiere la dimensión de un hecho casi heroico, pero también -y esto es lo más incómodo- la potencia de un espejo colocado frente a nuestras contradicciones.
Cuando el Primer Ministro, Manuel Marrero Cruz, reflexionaba recientemente sobre el tránsito de “los tiempos del país en una trinchera a los de una economía en tiempos de guerra”, estaba también llamándonos a desterrar viejas prácticas que ya no sirven para los nuevos y complejos escenarios.
El comportamiento de algunos choferes de vehículos estatales que circulan vacíos mientras las paradas se abarrotan no es solo una falta de sensibilidad, es una violación del espíritu que debería animar a cada institución en una coyuntura tan crítica, y el peso de la Ley debe caer sobre ellos.
Si en algo ha insistido la dirección del país en los últimos años es en la necesidad de adaptar una capacidad resolutiva, de abandonar los esquemas anquilosados y los métodos que fueron apropiados en su momento, pero han sido superados por la propia vida. La crítica que aquí se formula no es, por tanto, un ejercicio de oposición estéril, sino una contribución al debate necesario sobre cómo hacer más efectiva la gestión de lo público en tiempos de vacas flacas.
Se trata, en definitiva, de preguntarnos si estamos siendo capaces de transformar concepciones y métodos con la misma velocidad que la realidad exige.
Mientras tanto, en las calles de la tierra indómita, la vida se abre paso entre grietas. Tal vez, el chofer de la camioneta solidaria nunca leerá estas líneas, y seguramente no necesita reconocimiento público para seguir haciendo lo que su conciencia le dicta. Pero su gesto nos obliga a todos -autoridades, instituciones, ciudadanos- a una reflexión impostergable.
La solidaridad popular, esa fuerza telúrica que ha sostenido a la nación en los momentos más duros, no puede convertirse en el comodín que tape las vergüenzas de la ineficiencia. Debe ser, por el contrario, el acicate que nos empuje a preguntarnos, cada día y en cada espacio, si estamos haciendo todo lo humanamente posible por estar a la altura de las circunstancias.
Porque al final, como bien advertía aquella máxima martiana que tanto nos gusta citar, “la crítica es necesaria en los tiempos de fe, como la fe es necesaria en los tiempos de crítica”. Y hoy, más que nunca, necesitamos ambas cosas para encontrar la salida a este laberinto.