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Modos y modales

06 September 2026 Escrito por  Yailín Madrigal Silvera

Hay cambios que se sienten antes de que puedan medirse. Uno de estos tiene que ver con la manera en que los cubanos nos relacionamos diariamente: cómo saludamos, cómo hablamos, cómo tratamos a una persona mayor, cómo se comportan nuestros niños y jóvenes y cuánto respeto mostramos por quienes comparten con nosotros un espacio público.

En los últimos tiempos, muchas personas perciben un deterioro de esos pequeños hábitos que durante generaciones fueron considerados parte esencial de la educación. Decir buenos días”, pedir las cosas por favor, dar las gracias, ceder el asiento a una persona mayor, respetar una fila o bajar el tono de voz en determinados lugares parecen gestos sencillos, pero dicen mucho de la cultura cívica de una sociedad.

En las calles, en las guaguas, en las colas, en las escuelas y hasta dentro de las propias familias se escucha con frecuencia una preocupación: “Ya los muchachos no son como antes”. Pero la pregunta merece una mirada más profunda. ¿Realmente son los niños y jóvenes los principales responsables de este cambio?

La respuesta probablemente sea más compleja: los niños aprenden observando; la educación comienza en casa, continúa en la escuela y se completa con aquello que ven todos los días en su entorno.

Un niño que escucha constantemente gritos, insultos o expresiones ofensivas puede terminar considerando normal esa manera de comunicarse.

De igual forma, un adolescente que observa a los adultos incumplir normas, colarse en una fila o tratar con desprecio a otra persona difícilmente comprenderá por qué se le exige un comportamiento diferente.

El lenguaje cotidiano también ha cambiado. En determinados espacios se ha extendido una forma de hablar marcada por la brusquedad, las palabras ofensivas y la pérdida de aquella cortesía elemental que antes acompañaba muchas conversaciones.

No se trata de defender una sociedad excesivamente formal ni de pretender que todos  hablen de la misma manera. La cuestión está en distinguir entre la espontaneidad y la falta de respeto.

Hablar de forma directa no significa humillar. Tener confianza no es sinónimo de insultar. Ser joven no implica desconocer las normas de convivencia.

También preocupa el comportamiento en los espacios públicos. En una guagua abarrotada, por ejemplo, todavía encontramos personas que ayudan a una embarazada, ceden su asiento a un anciano o sostienen a un niño para evitar una caída. Pero junto a esas conductas aparecen otras menos solidarias: jóvenes que permanecen sentados mientras una persona mayor viaja de pie, pasajeros que escuchan música a todo volumen o personas que convierten el transporte público en escenario de discusiones y malas palabras.

Las colas constituyen otro termómetro de nuestra convivencia. Esperar el turno parece una regla sencilla, pero en ocasiones genera discusiones, empujones y enfrentamientos.

La dificultad económica, el cansancio y la escasez pueden explicar parte de esa irritabilidad, pero no la justifican completamente. Precisamente en tiempos difíciles es cuando más necesaria resulta la consideración hacia los demás.

Con los niños ocurre algo parecido. Hay pequeños que saludan, agradecen, respetan a sus maestros y muestran respeto por las personas mayores.

Otros, en cambio, han incorporado comportamientos que antes eran corregidos inmediatamente por la familia: interrumpir a los adultos, responder de mala manera, gritar en lugares públicos o utilizar palabras impropias de su edad.

Pero no sería justo responsabilizar exclusivamente a las nuevas generaciones. Los niños y adolescentes son, en buena medida, un reflejo de la sociedad que los está formando.

La familia tiene un encargo fundamental, pero también la escuela. Recuperar los hábitos de cortesía no debería verse como una tarea secundaria frente a las asignaturas académicas.

Aprender a convivir, escuchar, respetar las diferencias, cuidar los espacios comunes y tratar correctamente a los demás, también es educación.

Los jóvenes, por otra parte, viven además en un mundo diferente al de sus padres y abuelos. Las redes sociales han transformado la manera de comunicarnos. Allí predominan mensajes rápidos, abreviaturas, imágenes, bromas y, en ocasiones, expresiones  agresivas. Lo que comienza como una forma de comunicación virtual puede trasladarse posteriormente a la conversación cotidiana.

Sin embargo, sería injusto afirmar que toda la juventud está perdiendo los valores. Muchos jóvenes cubanos estudian, trabajan, ayudan a sus familias, cuidan a sus abuelos, participan en proyectos comunitarios y muestran una enorme capacidad de solidaridad. El problema no es de una generación completa, sino determinados comportamientos que están ganando espacio y que los adultos no siempre sabemos corregir.

Tal vez el reto consista en recuperar la importancia de los pequeños gestos. Saludar al entrar. Pedir permiso. Decir “por favor”. Dar las gracias. No interrumpir. Ceder el asiento. Respetar una cola. No arrojar basura en la calle. Bajar la voz cuando es necesario. Ayudar a quien lo necesita.

No burlarse de una persona por su edad, apariencia o condición. Enseñar a los niños a respetar a sus maestros y a los jóvenes a sus mayores, pero también recordarles a los longevos que el respeto debe ser recíproco.

Son acciones pequeñas, pero juntas construyen algo grande: la convivencia. Cuba tiene una larga tradición de cortesía, solidaridad y hospitalidad.

Recuperar esos valores no significa regresar al pasado ni desconocer los cambios sociales. Significa entender que una sociedad puede atravesar dificultades económicas y materiales sin renunciar a la educación, al respeto y a la dignidad en el trato cotidiano.

Quizás antes de preguntarnos qué les está pasando a nuestros niños y jóvenes deberíamos cuestionarnos qué estamos haciendo los adultos para enseñarles a comportarse.

Porque los buenos modales no se transmiten solamente con discursos.

Se enseñan con el ejemplo. Y quizá un simple “buenos días” vuelva a ser, como tantas otras veces en nuestra historia, una pequeña señal de que todavía sabemos vivir juntos.

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