Datos históricos de ese período señalan que los inmigrantes asiáticos se establecieron en el país a finales del siglo XIX, con los consabidos aportes socioeconómicos y culturales, y en la actualidad sus descendientes tratan de fortalecer y transmitir esa conexión con sus raíces.
El Diario de la Marina de aquella época, reflejó que el 9 de septiembre de 1898 llegó a Cuba el primer japonés procedente de México -fecha oficial que marcó el inicio de la inmigración de japoneses al archipiélago cubano-, con planes de establecerse en la isla para fomentar una comunidad, la cual contó con más de un millar de nipones.
A pesar de ser pocos, se dispersaron por todo el territorio nacional y hubo intentos de agruparse, destacándose el creado en 1914 por Kogawa Fujishiro en el Central Constancia, en Abreu, Las Villas.
En 1920 se repite igual intensión en Cienfuegos con otros inmigrantes, pero la más importante fue la de Isla de Pinos, donde fundaron la primera cooperativa agrícola de que se tiene conocimiento, propiciando la introducción de fertilizantes químicos, y instituyeron la Sociedad Japonesa de Cuba y la Sociedad Japonesa de Instrucción y Recreo.
En el archipiélago hay una larga existencia de descendientes nipones, los que se insertan en la comunidad Mikkeli mundial; en el caso de los cubanos, sienten el deseo de conocer su historia y guardan una nostálgica memoria colectiva que los liga a la tierra de sus ancestros.
Con el paso del tiempo su presencia se fue consolidando y Santiago de Cuba no quedó exenta, también llegaron hasta aquí, encontrándose las dos culturas. Los Fujishiro de Japón, quienes descubrieron a su familia cubana, según lo expuso Marta Rojas en un escrito publicado en el periódico Granma allá por los 90. Y Señalaba: “Haruko, que quiere decir Primavera, nombre de la hija de Kenichi Fujishiro, conocido en las primeras décadas del siglo XX, como Francisco Fujishiro, -el primer japonés que se estableció en Santiago-.
“A quien lo identificaban como Fujishiro el caramelero o Fujishiro el inflador de globos con gas para las fiestas de cumpleaños u otras celebraciones. En japonés la terminación -ichi quiere decir el primero, de ahí que se conserva en esa estirpe dicho apellido.
Según la periodista, Fujishiro murió joven. Él había llegado con otros dos japoneses en un barco que atracó en Gibara porque traía a enfermos con fiebre, uno de ellos era él, y fueron trasladados al Hospital Saturnino Lora, donde se curaron.
El barco recogió a los otros dos, pero Kenichi se había enamorado de quien lo atendía, -una bella mulata santiaguera llamada Antonia Lustelier- y decidió quedarse en Santiago. Se casó con ella y montó su pequeño negocio y así quedaba constituida su familia en la que nacieron tres hijos: dos varones y una hembra.
“Kenichi Fujishiro tenía una tienda de curiosidades y quincalla muy popular, situada en Reloj entre Maceo y Habana”.
Se dice que mientras Kenichi estuvo vivo se comunicaba con sus familiares en Japón y el correo era normal entre los dos países.
Luego de muchos años, un joven estudiante de Ciencias Políticas en la Universidad de Keio, Tokio, que habla español, llamado Hideo Hanashita, llegó como turista a Santiago en 1997 y visitó el Museo del Memorial General Antonio Maceo y una especialista le entregó un folleto explicativo de las hazañas del Titán de Bronce y la obra escultórica de Lescay.
El folleto estaba firmado por la Licenciada Lidia Sánchez Fujishiro, y se interesó por el apellido, y ella brevemente le comentó que su abuelo, por parte de madre, era japonés, pero que no sabía si aún tenía algún pariente en ese nación ni modo de averiguarlo porque la única referencia con que contaban era el nombre del lugar donde había nacido Francisco Fujishiro.
Cuando el joven regresó a Tokio, supo que después de la Segunda Guerra Mundial los nombres de muchas ciudades y pueblos habían cambiado. Sin embargo, habló de la existencia de una familia con nombre japonés en Santiago y tres meses después vino un grupo de profesores japoneses, uno de ellos, master de Historia, quería escribir una biografía de Antonio Maceo.
Nuevamente Lidia fue quien lo atendió, y le entregó el folleto, sorpresa; ellos visitaron la casa de Haruko quien mandó a buscar a su hijo Franqui, que en ese entonces trabaja como periodista en Teleturquino.
Franqui le dijo a su madre que le entregara el periódico Granma donde aparecían las fotos de su abuelo, a ver si alguien se acordaba de él allá. Pronto el periódico estuvo en Japón, contactaron con Hideo y empezaron las pesquisas a partir de los cambios de nombres de los pueblos y los Fujishiro.
Así fue como encontró a los Fujishiro de allá, le llevó el diario y un video de la familia cubana de Kenichi Fujishiro. El hijo de un hermano de Kenichi y primo mayor de Haruko buscó en el álbum familiar las fotografías que Kenichi Fujishiro les mandaba de América.
(…) La familia cubana de Kenichi Fujishiro tuvo descendencia, -tres hijos- todos profesionales: Franqui, el colega de Teleturquino; Juan, pedagogo, y Lidia, licenciada y profesora de Historia. A lo que Marta escribió: "Es como para escribir un libro o hacer una película sobre la vida de la familia de Kenichi Fujishiro.
Los de allá querían saber dónde está enterrado Kenichi (Francisco) Fujishiro; él está enterrado en el Cementerio Patrimonial Santa Ifigenia y el hogar de la familia en Japón lo venera en un altar tradicional de su cultura milenaria donde hay una foto ampliada que apareció en el Granma.
Hay hermosas historias de su presencia entre nosotros. Cuba no puede pasar por alto la labor del señor Takeuchi quien por encargo de la heroína Celia Sánchez creó un miniorquideario en la localidad de Soroa, caracterizado desde antes por las especies reunidas.
A propósito de la semana de la cultura japonesa en Santiago de Cuba, traemos un acercamiento a esa inmigración y cómo llegaron a esta urbe. Simplificando los datos aportados por Marta Rojas sobre este acontecimiento.
Datos que permiten conocer que aún en esta suroriental provincia quedan descendientes de Kenichi Fujishiro, primer japonés que se asentó en Santiago y creo una familia.