‘Por primera vez voy a contar estas cosas, y exhaustivamente ’, afirmó José Emilio Camejo Acosta, quien es conocido por ser amigo del Comandante Juan Almeida Bosque (en fecha reciente hubiese cumplido 99 años). Pero la vida de este hombre es toda una proeza. Así la compartió con Sierra Maestra en una entrevista exclusiva para el medio:
“Soy natural de una mina de Moa, en Cayo Guam, Holguín. Mis ocho hermanos y yo fuimos fruto de la unión del campo y la ciudad, por los orígenes de mi madre y mi padre, respectivamente. De adolescente formé mi pasión por los deportes, la cultura y la unión con mis compañeros.
“La época de Fulgencio Batista la recuerdo como la de un dictador cruel, que masacraba y quemaba casas. Yo pertenecía al Partido Ortodoxo, y Eduardo Chibás fue muy importante en mi formación. Mi padre dirigía las filas de la organización, tanto en territorio holguinero como en el santiaguero, y yo seguí sus pasos. Yo era un formador de conciencia entre los jóvenes de mi generación, un líder.
“Recuerdo que en una ocasión asistí a una reunión donde se iba a formar un grupo del Movimiento 26 de Julio, y en mi desconocimiento -como el más novel- fui con la concepción de pasar directamente a acciones. Pero comprendí que la preparación y organización eran incluso más importantes que la obra en sí. Se firmó un compromiso, como parte del listado de integrantes, y ahí comenzó todo.
“Me asignaron Jefe de Acción y Sabotaje y luego Jefe de Grupo. Cuando me traslado a Santiago para adquirir experiencia del movimiento -tiempo en el que viví con mi familia en San Carlos, entre Corona y Rabí-, me hicieron jefe del grupo. Conocí a Frank País y otros revolucionarios, y participé en actos de sabotaje; también en Sagua de Tánamo, Mayarí...
“Colocábamos banderas, enviábamos armamentos al II Frente, fabricábamos esos recursos de guerra, mandamos pertrechos, medicina, y cuidábamos a heridos de la clandestinidad. Fue una vida muy intensa. Hombres y mujeres que cumplimos misiones excepcionales.
“Cuando la vida se me hizo imposible por la persecución de los batistianos, tuve que incorporarme al Ejército Rebelde en el II Frente. Allí me sentía más protegido. Fue un sacrificio bajo sol, sereno y lluvia, pero diría que también era un privilegio con apenas 19 años.
“Entrenábamos práctica de tiro y realizábamos largas caminatas. Un día conocí a Juan Almeida, cuando le llevé un mensaje al III Frente. Desde aquel primer encuentro me atendió como a uno igual, y eso que ya era renombrado, ya había dicho ‘Aquí no se rinde nadie’.
“En otra ocasión estoy en Soledad de Mayarí y Margot, finales de diciembre de 1958, y se me asigna la misión de llevar un documento a Palma Soriano, de que la Fuerza Aérea estaba lista para combatir y entrar a Santiago de Cuba y Holguín. Tuve el privilegio allí de conocer al Comandante en Jefe Fidel Castro.
“Cuando vi al Líder moverse de un lado para otro, me impresionó de una forma, tenía el espíritu de Maceo. Esa vivencia me completó la vida. Ya sabíamos quién era Fidel, el Che..., pero en persona fue otra cosa. Al regreso a mi campamento en la Sierra, de noche sobre mi caballo me vinieron muchos recuerdos felices a la mente en medio de la oscuridad y un frío...
“Casi amaneciendo, cuando la luz del sol vence la frialdad y no niegas abrazar aquello que te quema pero te devuelve el calor, apareció una campesina vestida de azul elegante.
“Lo recuerdo como si fuera ahora, porque fue quien me dio la noticia. Me salió al encuentro vitoreando: ‘combatiente, combatiente, huyó Batista’. Me desmonto, converso con ella y me bebo la lata de leche condensada llena de café que me ofreció para conversar con los lugareños. No muy convencido de la noticia, al principio, espero la confirmación de más personas. Hasta mi caballo que bebió agua se veía más feliz.
“Regalé toda mi ropa a los campesinos, a quienes tuve mucho afecto. Pensé que me iba para Holguín y fuimos para Santiago. Al entrar a la ciudad fue algo impresionante, todos te saludaban, había banderas por doquier; un ánimo en las calles. De fondo vi la bahía y escuché los gritos de ‘Viva la Revolución’.
“Me ubicaron en el actual círculo infantil Ana de Quesada porque el Cuartel Moncada estaba lleno. Tarde en la noche dijeron que Fidel iba a hablar en el Parque de Céspedes. Allí estuve yo sentado escuchando todo su discurso. Fue un momento muy emocionante.
“Del ‘Ana de Quesada’ fuimos a Guantánamo para garantizar la rendición del jefe del Cuartel, que se desarrolló sin resistencia. Luego de vuelta a Santiago y finalmente para La Habana -que viajaba por segunda vez-, en la Fuerza Aérea Rebelde.
“Allí es que vuelvo a ver al Comandante Juan Almeida Bosque. Ya en Revolución me dediqué a trabajar con él en la preparación de los nuevos pilotos en La Habana, inicialmente.
“Hasta que por mi inmadurez e inexperiencia, formamos un grupo integrado por cubanos, nicaragüenses, venezolanos y americanos, para ir a Nicaragua a luchar por nuestra cuenta. Pero nunca salimos, fuimos presos por una iniciativa que aunque bien intencionada, implicaba al país. Esa noticia fue publicada en el Periódico Revolución de la época.
“Recuerdo que hablé con Raúl Castro: ‘Comandante me permite’, le dije y sostuve una charla con él. Me llamó la atención en aquel momento, después reconoció que aunque eran ideas internacionalistas, esas acciones se debían planear y proceder de otra forma organizada. Ya yo era Primer Teniente. Después de eso regresé a laborar a Moa”.