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En el ajedrez, como en la vida, la experiencia no siempre se mide en años, pero a veces se cobra en trofeos. Oleiny Linares y Maritza Arribas, ambas de Santiago de Cuba, subieron a lo más alto del podio en el Campeonato Panamericano Máster y Sénior 2026 celebrado en San Salvador, y lo hicieron desde trincheras distintas: una, dominando de principio a fin; la otra, administrando con precisión reglamentaria. Juntas, confirmaron que la escuela cubana de ajedrez sigue teniendo voces autorizadas en el concierto continental.
Cuando la campana del Campeonato Panamericano Sub-12 suene en Santo Domingo, un grupo de niños cubanos saldrá al terreno con una mochila más pesada que la de cualquier rival. No cargan solo con el bate y el guante; sobre sus hombros va la ausencia de los torneos nacionales Sub-12, Sub-15 y Sub-18, cancelados por limitaciones de recursos. Esa plataforma, la más importante para detectar talento, se apagó. Y ellos, aun así, están aquí.
Cuando estaba por decidirse la III Olimpiada de Ajedrez para personas con discapacidad, Idalis Batista tenía más presente que nunca lo que se había propuesto desde la primera ronda: contribuir al equipo cubano. En ese momento, se enfrentaba a la trebejista Anna Ryvova y, con la medalla en juego, firmó la paz para cumplir la tarea.