Estudió en la Facultad de Medicina No. 1 del entonces Instituto Superior de Ciencias Médicas. Recuerda aquellos seis años con nostalgia. Allí conoció a profesores que la marcaron, grandes maestros que le enseñaron no solo medicina, sino también humanidad.
A ellos, dice, les debe lo que es hoy. Se graduó en 1992 y ese mismo año partió a cumplir su servicio social en el municipio de Mella. Luego inició la residencia en Medicina General Integral en el Policlínico Armando García, y más tarde se trasladó al “28 de Septiembre”, donde concluyó su especialidad. Es médica de familia, y en esa elección hay una coherencia con toda su carrera: la cercanía con la gente, el conocimiento del entorno, la posibilidad de acompañar a las personas en su cotidianidad.
Ha vivido momentos que la han marcado profundamente. Primero, las misiones internacionalistas. En la República Bolivariana de Venezuela, de 2003 a 2009, constató el esfuerzo por alcanzar la igualdad, pero también las diferencias sociales que persistían y las necesidades del pueblo en materia de salud. Luego, en Brasil, de 2013 a 2016, vio de nuevo las carencias de los más humildes, y cómo las brechas sociales se reflejan con crudeza en la salud y la salubridad de las comunidades. Esas experiencias, afirma, le enseñaron más que cualquier libro.
La vida personal y la profesional no siempre son fáciles de conciliar. Estuvo casada y tiene un hijo, que nació cuando era residente.
Reconoce que sin el apoyo de sus padres, sus hermanos y otros familiares, no habría podido sostener ese equilibrio tantas veces precario; ese respaldo fue fundamental para su desarrollo profesional.
En 2010, inició su vida como administrativa. Fue directora del “28 de Septiembre” y luego del “Camilo Torres”. Durante la Covid, volvió a asumir la dirección del primero.
Posee dos medallas de misión internacionalista, la Piti Fajardo y la Jesús Menéndez. Pero insiste en que las condecoraciones son circunstanciales. “Lo mejor que me ha pasado es el reconocimiento de la población”.
Vive desde hace 30 años en el lugar donde fue médico por primera vez. Allí la conocen, la reconocen, la siguen llamando. Eso, dice, no tiene precio. Y no habría sido posible sin la colaboración de su familia y de los propios pacientes, de las personas que la rodearon y la ayudaron.
Le preguntamos qué le diría a la joven Jaqueline que empezó a estudiar Medicina, a esa muchacha que soñaba con curar. Sonríe.
Se define como una de las necias, de las que si volvieran a nacer elegirían el mismo camino, incluso con todas las dificultades que existen hoy. Porque no es una situación ideal, admite, pero ella ha materializado lo que significa dedicarse al beneficio del ser humano y de la sociedad.
Hoy dirige a nivel municipal, pero sigue vinculada a la atención de muchas personas. Esa, quizás, es la respuesta: volvería a estudiar Medicina. Volvería a ser doctora, porque en ese acto de sanar ha encontrado el sentido de su vida.