Su historia, podría contarse desde la implementación de numerosas tareas desarrolladas durante décadas: campañas de vacunación; donaciones de sangre; censos poblacionales; acciones de saneamiento; y distintos programas sociales hicieron del barrio un escenario permanente de participación.
Los CDR también han sido esenciales, en la respuesta comunitaria, ante eventos naturales como huracanes e intensas lluvias. Con el paso de los años, esa capacidad de organizar a los vecinos se ha puesto a prueba en circunstancias muy diferentes.
Durante el programa conocido como la Batalla Energética, en los primeros años de la década del 2000, las estructuras de base participaron en la comunicación y organización de las familias para la distribución de equipos eléctricos y otros artículos que beneficiaron a millones de personas en la Isla.
Más tarde, durante la COVID-19, en los barrios se movilizaron vecinos para llevar alimentos o medicamentos a personas vulnerables, acompañar a quienes permanecían aislados y colaborar con las acciones de prevención sanitaria.
La misma lógica ha generado tareas menos visibles, pero igualmente importantes. Combatir las ilegalidades y las indisciplinas sociales en la comunidad, higienizar la cuadra, producir alimentos, convocar a jornadas de donación de sangre.
Asimismo, promover la participación ciudadana en procesos decisivos para el país o estar pendiente de una familia vulnerable son acciones que se han multiplicado desde la mayor organización de masas.
Por tanto, el valor de la organización reside en una experiencia construida durante décadas a favor de la respuesta colectiva a los apremios de la comunidad, sin suplantar la responsabilidad institucional, sino complementándola.
Su importancia, también radica en haber creado formas de cooperación en las que los vecinos conocen las necesidades de quienes viven a su alrededor y puede movilizarse en función de buscar soluciones.
En tiempos de dificultades económicas, problemas sanitarios o fenómenos meteorológicos, esa capacidad de acompañamiento se convierte en una fortaleza que debiéramos valorar mucho más; pues ha sido la mayor red de apoyo de las familias cubanas, una que se ha tejido hogar a hogar, como expresión de la voluntad de avanzar todos juntos.
Los CDR han cambiado con el tiempo al igual que los barrios. La Cuba de hoy no es la de 1960 ni la de hace diez años.
Las nuevas generaciones tienen otras maneras de comunicarse, nuevas preocupaciones y otras expectativas sobre las organizaciones sociales.
Por eso, hablar del futuro de los CDR pasa necesariamente por preguntarse cómo renovar las formas de participación, cómo aprovechar las herramientas que utilizan los jóvenes y, sobre todo, cómo conseguir que la vida del barrio vuelva a sentirse como un asunto de todos.
Se trata de recuperar algo elemental: entender que cuando las cosas se ponen difíciles, nadie sale adelante completamente solo.
Quizás ese sea uno de los mayores desafíos para los CDR a 66 años de su fundación: demostrar que el barrio no es solamente el lugar donde vivimos, sino un espacio que puede generar una red de apoyo ante las necesidades colectivas y una red de solidaridad que hoy es más necesaria que nunca.