Santiago de Cuba,

El vaso de agua que ya no se regala

21 September 2026 Escrito por  David Alejandro Medina Cabrales

“Un vaso de agua no se le niega a nadie”, era una de las expresiones que resumía la decencia de este pueblo. Hoy, en Santiago de Cuba y en buena parte del país, ese gesto se está rompiendo. Y no lo rompió un enemigo externo, lo rompimos entre nosotros.

Basta caminar por cualquier barrio santiaguero para comprobarlo. En muchas casas se vende agua fría: a 20, a 30, a 40, hasta 50 pesos el vaso. Los pomos —las "balitas" de agua— andan por los 70 pesos. No es un caso aislado ni una excepción vergonzante que se esconde. Se ha vuelto costumbre, paisaje, rutina. Y lo más preocupante no es el precio, es que hemos dejado de asombrarnos.

Vender un vaso de agua es la señal de que algo profundo se ha deteriorado. Porque el agua no es un producto cualquiera, es el bien más elemental, el primero de todos, el que sostiene la vida antes que cualquier otro. Cuando el agua se convierte en mercancía de puerta, no estamos ante un simple negocio de supervivencia, estamos ante una fractura moral.

Sería hipócrita —y hasta cruel— señalar con el dedo a la vecina que vende un pomo para poder comprar un pan. Detrás de cada balita a 70 pesos hay una familia que también aprieta, que también pasa trabajo, que también ve cómo el salario se deshace. Muchos de esos vendedores no escogieron el negocio, la necesidad los empujó. Y esa necesidad es el resultado de fallas que como sociedad y como instituciones debemos reconocer sin eufemismos.

¿Por qué el agua no llega con regularidad? ¿Por qué las roturas se eternizan? ¿Por qué tantas familias no tienen otra opción que comprar lo que debería salir de la pila? No basta con denunciar al que vende, hay que preguntarse por qué el derecho se convirtió en mercancía. La crítica al “revendedor” es fácil y hasta cómoda cuando no miramos las causas. 

Pero la autocrítica no puede quedarse solo en las instituciones. También nos toca como sociedad. ¿En qué momento aceptamos que el agua tuviera precio entre vecinos? ¿Cuándo dejó de dolernos? ¿Cuándo pasamos de compartir el último vaso a cobrarlo? La solidaridad no se decreta, pero tampoco se puede abandonar sin consecuencias. Un pueblo que vende agua en su propia cuadra está enviando un mensaje, que ya nada es de todos, que todo tiene precio, que la vida misma se negocia.

No se trata de romanticismo ni de nostalgia, se trata de entender que hay bienes que deben quedar fuera del mercado. El agua es el primero. La salud, la educación, la dignidad, todos ellos forman parte de esa misma frontera que la Revolución se propuso defender. Si esa frontera se corre, se corre todo. Y no hay bloqueo, ni crisis, ni circunstancia histórica que justifique que un vaso de agua se venda en la puerta de una casa santiaguera como si fuera cualquier otra mercancía.

Que un vaso de agua vuelva a ser un gesto y no un precio. Que la frase que aprendimos de nuestros mayores no se convierta en una reliquia. Que el agua, esa que nos dio la naturaleza, no termine siendo el espejo donde veamos lo que hemos dejado de ser.

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