“Vamos a establecer un sistema de vigilancia colectiva, vamos a establecer un sistema de vigilancia revolucionaria...”, diría el Comandante en Jefe Fidel Castro en aquella jornada, marcada por la oposición de grupos contrarrevolucionarios dentro del país y de gobiernos extranjeros, especialmente de Estados Unidos.
Así late en la historia la huella de los Comité de Defensa de la Revolución (CDR). A 66 años de su creación, en un contexto igualmente adverso, el empuje de la más masiva de las organizaciones cubanas, está en cada uno de sus miembros, y con la fuerza del barrio, se nutre de empatía y resiliencia.
Le sostienen los ojos que miran al mar para que ningún peligro amenace nuestra tranquilidad, el buchito de café compartido, el consejo de los abuelos a los más jóvenes, la mano que atiza el carbón en la madrugada y levanta a la familia ante la enfermedad o los problemas, en el trazo de un niño que aprende a amar la historia nacional desde su pedacito.
Tienen cauce y sustento en los cientos de brazos extendidos para salvar vidas con las donaciones de sangre, la iniciativa que impulsa la recreación de los niños en medio de las limitaciones, las alternativas para continuar siendo fieles a la misión fundamental de mantener abiertos los ojos del barrio contra delitos, indisciplinas, sabotajes, aún en medio de apagones y carencias.
Ciertamente, nuestros CDR están urgidos de encontrar mecanismos que les acerquen más a los jóvenes, de asumir en cada cuadra las dinámicas y características que le singularizan, de hacer de la prevención social prioridad cotidiana, de desatar el protagonismo y la creatividad como el mejor baluarte en tiempos complejos.
Por eso este domingo 27 de septiembre hay lugar para defender la fiesta del Comité, como una de las tradiciones, entrañables, únicas, que marcan nuestro devenir.
Tal vez la clásica caldosa se dificulte en muchos lugares, pero de seguro la creatividad y el aporte colectivo abrirán paso a la alegría, esa que ningún cerco o carencia podrá jamás estropear, y que es nuestro orgullo e identidad ante el mundo.
En esa celebración va la fuerza del barrio; el brindis que nos debemos por el bienestar en nombre del cual nos empinamos cada día, la apuesta por un futuro de vigor y dinamismo para una organización que es de todos, y en la que habita el sostén y resguardo de nuestra resistencia.