Durante la preparación del ataque guerrillero, mientras se acercaban al escenario, el 14 de enero, la pequeña tropa rebelde se encontró con dos jóvenes campesinos dedicados a castrar colmenas. Se les compró la miel que habían obtenido, pagándoles con casi el doble de lo que hubiesen obtenido en su venta habitual.
Pero vino entonces una decisión necesaria. Por motivos de seguridad, no se podía dejarlos marchar. Al final, se dejó marchar al mayor, previo compromiso de no delación. El otro quedó retenido. Y he aquí un gesto de Fidel: llegada la noche, le facilitó su hamaca al muchacho. Y otro: por cada día retenido, se le pagaron cinco pesos.
Fue el disparo de Fidel el que dio inicio al combate. Los enemigos heridos, contaron con las pocas medicinas en manos de los rebeldes. Y luego de la victoria, se produjo otro hecho que enaltece el espíritu justiciero del jefe rebelde. Ya camino hacia las montañas, la guerrilla se encuentra con un campesino señalado por el mayoral chivato Chicho Osorio- fusilado al iniciarse el combate- como un colaborador de la dictadura. Pero lejos de represalias, Fidel conversó con él y lo reprendió. Conclusión: el hombre terminó como colaborador del Ejército Rebelde.
Así fue siempre Fidel, gigante en lo pequeño y en lo grande. ¡Nuestro Fidel de siempre!