Asiel cuenta que vienen de una familia trabajadora del campo. “Esto es lo que siempre nos ha gustado”, dice. Reconoce que hay dificultades, pero añade: “Sabemos defendernos; es lo que nos enseñaron desde jóvenes”. Isniel lo explica como un legado: “Ya somos padres de familia y vemos la vida como está: se trabaja duro, pero también se gana, se vive”. La frase no oculta el esfuerzo; lo pone en resultados.
Para ellos, el equipo es la base: diálogo y transparencia. Lo practican y lo han estudiado. “Cuando no estamos en equipo, la cosa no marcha bien”, dice Asiel. La división de tareas no los separa; los une. Uno lleva los animales; el otro, la agricultura. Se indican, se corrigen, se complementan. A eso suman la lectura y el estudio teorico de la vida como agrucultores . “Leemos todo tipo de libros y eso nos ha dado más conocimiento”, plantean. El estudio no sustituye la práctica: la acompaña.
La jornada no tiene horario. Madrugar, atender cultivos y animales, enfrentar el clima y resolver con recursos propios forman parte del día. A la casa llegan niños , otros jovenes y mujeres. “Todos los problemas se resuelven”, afirma Asiel. Y enumera salidas: no hay agua, hay que hacer un pozo; no hay comida, ha sembrar se ha dicho ; el camino está destruido , ha arreglarlo; no hay grasa , se sacrifica un animal ; no hay pienso para los puercos , criar con hoja. “Sí se puede”, repite. La lista no es retórica: es un programa de acción. Frente a la queja, proponen organización. “El futuro está en cada cual según se organice, sin tantas quejas”, plantea Isniel.
A los 31 años, Asiel e Isniel asumen responsabilidades productivas y sostienen un proyecto de vida ligado al campo. Su día contradice la idea de que la tierra no tiene futuro para su generación. Hoy cogen una habichuela, mañana un quimbombó, toman un vaso de leche. La producción se diversifica: cerámica, bloques, agricultura, ganado menor y mayor. Esa variedad reduce riesgos y crea oportunidades. Su ejemplo muestra que la juventud puede quedarse, organizarse y producir.
“Mientras haya terreno, siempre hay vida para echar para adelante”, dice Asiel. La finca sigue: el ordeño espera, el semillero pide agua, el bloque se seca al sol. Allí están dos hermanos que no esperan: resuelven. Y al resolver, demuestran que quedarse también es una forma de avanzar. Su historia es una lección práctica sobre el valor del trabajo, el estudio y la cooperación.