Ingeniero de formación y aduanero por convicción, encontró en aquel recinto su verdadero espacio profesional, uno que no solo le ofreció estabilidad, sino también un propósito. Su historia es la de un hombre que llegó sin conocer el oficio y terminó abrazándolo con pasión.
Todo comenzó en 1994, recién graduado de la universidad y en pleno período especial. La docencia aparecía como una opción inmediata, pero no era el camino que lo inspiraba.
“Terminé la universidad en 1994, en pleno período especial. Me pidieron quedarme como profesor, pero no me atraía. Quería descubrir algo distinto. Estando en casa, escuché de un curso en la aduana y me llamó la atención. No sabía casi nada del tema, solo que allí se controlaban mercancías y personas que entraban o salían del país.”
Desde entonces, el rumbo de su vida dio un giro inesperado. Entró sin experiencia previa, guiado por la curiosidad y el deseo de aprender, y descubrió que aquel ambiente lleno de documentos, números y operaciones comerciales tenía algo de fascinante.
“Hice el curso de preparación y me ubicaron en el Departamento de Despacho Comercial. Desde el principio me gustó porque me atraen los cálculos y las matemáticas. Era una actividad cercana a lo que me interesaba y eso me motivó a seguir adelante.”
No fue una decisión aislada. Detrás de ella estuvo el consejo firme de su padre, un hombre que le enseñó el valor del trabajo constante y la responsabilidad.
“Mi papá fue siempre muy recto. Me decía que debía mantenerme activo, aunque no fuera en algo directamente relacionado con mi carrera. Cuando vio que empezaba a gustarme la aduana, me animó a quedarme. Gracias a él aprendí que lo importante no es dónde trabajas, sino cómo trabajas.”
Con el paso del tiempo, Carlos consolidó su carrera dentro del mismo departamento, aunque también colaboró en diversas áreas operativas. Su sed de aprendizaje lo llevó a participar en cursos nacionales e internacionales, incluyendo programas de la Organización Mundial de Aduanas (OMA). Una de las experiencias que más lo marcaron fue ser parte de un grupo de inspección, una tarea que lo acercó al núcleo del sistema comercial del país.
“Esa experiencia fue única. Pude ver los expedientes directamente en las entidades, revisar los contratos y seguir la ruta completa de las mercancías. Es distinto trabajar desde la oficina a tener los documentos físicos en tus manos. Fue como ver el trabajo cobrar sentido ante mis ojos.”
Su labor diaria no se limita a revisar papeleo. Como primer oficial de aduana, coordina y supervisa inspecciones, verifica exportaciones y se mantiene al tanto de los movimientos portuarios. Asegura que cada jornada es intensa, pero encuentra satisfacción en el ritmo y la exigencia que la caracteriza.
“Mi trabajo va más allá de los documentos. A veces paso el día entero entre verificaciones, análisis y guardias. No tengo un horario fijo, pero me gusta la actividad. Soy inquieto, no puedo estar quieto mucho tiempo. Si algo ocurre, quiero estar ahí, viendo cómo se soluciona.”
El equilibrio entre su vocación y su vida personal ha sido posible gracias al apoyo incondicional de su familia.
“Mi esposa es mi mayor apoyo. Ella es quien me despierta cada mañana y me recuerda que es hora de ir al trabajo. Sabe que muchas veces llego tarde a casa, pero lo entiende. Sin ella, no habría sido igual.”
A lo largo de 32 años de servicio, Carlos ha descubierto que su historia no solo pertenece a la aduana, sino que la aduana también le pertenece a él. Ha desarrollado una identidad profesional arraigada en la rectitud y la ética, y siente un orgullo genuino por el lugar que ha ocupado en la institución.
“Nunca imaginé que pasaría tantos años aquí, pero la aduana me enseñó a amar lo que hago. Mi familia dice que moriré hablando de mi trabajo, y tal vez sea cierto. Uno no se despega de algo que le ha dado tanto.”
Hoy en dia, sigue comprometido con la formación de los más jóvenes, convencido de que los valores aprendidos son el mayor legado que puede dejar.
“Aquí se aprende disciplina, compromiso y sentido de pertenencia. No somos parte del MININT, pero trabajamos con ellos y compartimos su rigor. Esa educación moral te forma como persona y te recuerda por qué vale la pena servir.”