Esa etapa de la vida es inolvidable, por eso todos hacemos a veces imposibles por complacerlos, mimarlos y sacarles esa risa natural y espontánea, porque “La risa de un niño es la música más hermosa del mundo”.
Y sí lo es, con la risa de un niño se nos olvidan las dificultades de la cotidianidad que nos laceran, y jugamos, pintamos, hacemos cuentos, nos rodeamos de esa fantasía natural que los nutre y va conformando los mejores sentimientos.
Aunque cualquier momento es apropiado para homenajear la inocencia, Cuba respondió a la sugerencia de la Asamblea General de las Naciones Unidas, de tomar un día específico para esta celebración, de ahí que en 1974, después de un ameno intercambio del Líder Histórico de la Revolución, Fidel Castro Ruz, con los pioneros en el campamento de exploradores “Volodia”, en el Parque Lenin, se decidió escoger el tercer domingo de julio para celebrar en Día de los niños.
Los niños son el futuro, la continuidad, por eso, parafraseando una frase de Pitágoras, hay que enseñarlos, desde pequeños, pues así no será necesario castigar a los hombres.
Los tiempos son diferentes, la era de las suizas, las bolas, los papalotes, los yaquis… ha ido quedando renegada, aunque desde el Inder se hacen intentos por su rescate, algo muy positivo, pero esa etapa es única, no hay por qué atropellarla ni agilizarla. No olvidemos las palabras del Héroe Nacional en el prólogo a la Edad de Oro cuando expresó: “Quiero que el niño sea hombre natural, y no hombre precoz. Quiero que sepa amar antes que conocer; que sienta antes que pensar.”
El mensaje es claro y no ha perdido vigencia, eduquemos, formemos, agasajemos a nuestros niños y niñas, celebremos cada tercer domingo de julio, con la alegría, la sencillez y la nobleza que caracteriza a esa etapa de la vida. Ellos lo merecen, son la inspiración y el aliento de cada familia. La infancia es una época que nos marca para el resto de la vida. Lo que se ama en la infancia, se queda en el corazón y eso depende de los adultos.