Y digo retorno, porque desde septiembre de 2009, el cuerpo del Comandante de la Revolución Juan Almeida Bosque fue sembrado entre las montañas a las que regaló la libertad, pero su alma era hace mucho tiempo santiaguera.
Encabezada por Beatriz Johnson Urrutia y Manuel Falcón Hernández -Presidenta y Vicepresidente del Consejo de Defensa Provincial, respectivamente-, jefes y oficiales de las Far y el Minint, se realizó la tradicional ceremonia de homenaje al también Héroe de la República de Cuba, que tuvo su cenit en el depósito de una ofrenda floral a nombre de nuestro pueblo, en el Mausoleo del III Frente Oriental Dr. Mario Muñoz Monroy.

Y es que, aunque nació en La Habana, Almeida se sentía hijo de Santiago y así lo declaró muchas veces: “Yo soy como los santiagueros, que dan vueltas y vueltas y regresan. Santiago es mi musa”, le promulgaría más de una vez a José Camejo Acosta, su cercano colaborador aquí por muchos años.
Quienes tuvieron el privilegio de acompañarlo en las disímiles y complicadas tareas que asumió aquí como delegado del Buró Político en la antigua provincia de Oriente, no olvidan que les legó un estilo de dirección basado en el ejemplo, el rigor, el humanismo y el contacto directo con la gente, que ha marcado pautas hasta hoy y es paradigma para quien intente conducir con certeza a los habitantes de esta región.
Dirigió aquí con el carisma del jefe que no admitía chapucerías, el dirigente apegado a la gente simple, que sin alardes enfrentaba directamente los problemas hasta solucionarlos; luchaba contra los errores, no contra los hombres y enseñaba a ser exigente, puntual, concreto y justo.
Las invictas montañas que lo vieron erguirse como Comandante y guerrillero, aún guardan la poesía de sus pasos, la melodía de su música y se respira el cariño que sembró con el fusil al brazo o tocando el corazón de su pueblo.

“Nunca le dije no al Comandante Almeida…”, acostumbraba a repetir Titina, la hija de Apolinaria Biset, “Zurita”, quienes pusieron familia, casa, cama y comida a su disposición. “Con el Comandante me hice hombre…”, suelen enfatizar curtidos labriegos a quienes se les humedecen los ojos mientras cuentan a los nuevos de sus hazañas por los trillos de la serranía.
En el fragor de días difíciles demostró que en medio de disímiles responsabilidades es posible encontrar tiempo para caminar por las calles, cantar o polemizar en un parque, depositar una flor ante el compañero caído, ejercitar sus músculos, intentar descifrar los caminos del cocoyé y hasta una que otra noche asomarse a un balcón para contemplar el corazón de la ciudad.

Por esa sencillez, que le sembró en el corazón del pueblo, se le vio declinar con cariño lo mismo la poesía que le hiciera un soldado en la montaña, que la condición de Hijo ilustre, que intentó entregarle la Asamblea Municipal del Poder Popular en Santiago de Cuba, la cual rechazó, alegando: “yo soy hijo de Santiago”.
En el Santiago que hizo suyo dejó su impronta, por eso siempre será la melódica presencia que acompaña a este lado cubano y el mejor acicate para seguir, sin rendirnos, defendiendo los sueños, apoyados en aquel estribillo que inmortalizó su huella: Así te recordamos Comandante.