Algunas son bien recibidas porque significan dentro de lo posible, ir estabilizando los servicios básicos.
La que nos ocupa y preocupa en la actualidad es la venta informal de combustible que, como nos alerta Aris Arias Batalla, jefe provincial de Operaciones y Seguridad Acuática de la Cruz Roja Cubana, “constituye una bomba de tiempo”. Hay quienes defienden la compra de grandes cantidades de combustible para la logística estatal y la transportación de mercancías, argumentando que es una necesidad operativa, eso es cierto, pero este es el punto donde comienza la distorsión.
La aprobación de esas compras “mayoristas” no es ni será nunca, el salvoconducto para convertir una vivienda en un depósito de combustible. Quien confunde la necesidad logística con el acopio doméstico, está cavando su propia tumba, y peor aún, la de sus vecinos.
La verdad no es subjetiva. El combustible en recipientes plásticos, apiñados en un cuarto sin ventilación, es una espoleta.
¿Cuál es la realidad? la gasolina y el diésel no queman, quema el vapor que emana de sus gases explosivos, los que en espacios cerrados o semicerrados, se van acumulando y al manipular un interruptor, o encender un celular, pueden encontrar la chispa que detone el “infierno”.
El acaparamiento de esos combustibles en recipientes inadecuados, que de sufrir una pequeña fisura pueden derramar el líquido e incluso la molestia del fuerte olor, es el anuncio de una catástrofe.
Esa venta de gasolina en balitas, en los “servicentros” clandestinos, con los que uno tropieza en cualquier arteria o esquina, además de no estar autorizada, es una violación a las normas de seguridad social.
En esta urbe, es común ver a los vendedores proponiendo el añorado combustible sin que les preocupe el peligro que corren y al que someten a la vecindad; en ocasiones si el receptador quiere más cantidad de la que exhiben, entran tranquilamente a la vivienda y la buscan.
Si no se le pone freno a esa actividad, y la extirpamos de raíz, puede que con la ocurrencia de un incendio de grandes proporciones, familias enteras queden bajo los escombros o sufran quemaduras que los marquen para siempre, y será un barrio que pagará las consecuencias de la irresponsabilidad de unos pocos.
No permitamos que el afán económico nuble el juicio; no hay negocio que valga una vida. La verdad es que el peligro acecha, y solo la acción preventiva y la denuncia oportuna pueden desactivarlo.
Las transformaciones, si bien liberan las fuerzas productivas, también deben estar sujetas a la legalidad socialista.