Entonces llegó una idea que parecía sencilla, pero resultó revolucionaria: crear centros infantiles de nuevo tipo, donde los hijos de las madres trabajadoras pudieran estar seguros, aprender y jugar, mientras sus madres aportaban al país. El Comandante en Jefe la apoyó desde el principio y se la encargó a Vilma Espín, el 23 de agosto de 1960, durante el acto fundacional de la Federación de Mujeres Cubanas (FMC).
Mujeres de todo el país empezaron a organizar ferias, tómbolas, venta de sellos y postales. No había presupuesto millonario, apenas voluntad y urgencia. Las primeras en movilizarse fueron amas de casa y campesinas que viajaban a La Habana para estudiar y, de paso, construir algo que nunca había existido.
El resultado se inauguró el 10 de abril de 1961, una semana antes de la invasión mercenaria por Playa Girón. Esa fecha no fue casualidad: mientras se preparaban para defender la Revolución con fusiles, también la defendían con ternura. Los tres primeros círculos infantiles se llamaron Camilo Cienfuegos, Ciro Frías y Fulgencio Oroz.
No eran lujosos, pero sí distintos. Allí no había abandono ni castigo. Había maestras, alimentos, juegos y un propósito: que ningún niño quedara atrás mientras su madre trabajaba.
Seis décadas y media después, el programa sigue en pie. La crisis de los noventa, el recrudecimiento de las sanciones, la inflación y el desabastecimiento posteriores al ordenamiento monetario no han logrado enterrar aquella idea. Los círculos infantiles siguen siendo, para muchas familias cubanas, una de las conquistas más defendidas. No por decreto, sino porque nacieron del barrio, de las manos de mujeres que no esperaron permiso para hacer Patria.