Santiago de Cuba,

La realidad de vivir con TDAH

13 July 2026 Escrito por 
Cortesía de la entrevistada

Durante años, el Trastorno por Déficit de Atención e Hiperactividad (TDAH) fue visto como una simple “falta de concentración” o una “etiqueta para niños inquietos”. Hoy, la neurociencia y los testimonios como el de María Claudia Bolaños nos muestran que es mucho más: una forma distinta de procesar el mundo, con desafíos cotidianos y, también, con talentos excepcionales.

María Claudia, recién graduada de la Universidad de Oriente y abierta a compartir su experiencia, accedió a desgranar cómo esta condición ha moldeado su vida. Su relato, lejos de ser un lamento, es una ventana nítida a lo que significa tener un cerebro diseñado para la exploración y no para la rutina".

Los tres rostros del TDAH

"Te darás cuenta de que los tres grupos de síntomas concuerdan con mi comportamiento”, dice María Claudia mientras repasa los criterios clínicos. Y los enumera, uno a uno, con la contundencia de quien los ha vivido en carne propia.

“Lo de la dificultad para mantener el foco siempre me afectó. En la escuela, me aprendía la materia al primer intento y al segundo tiempo ya perdía totalmente el interés. Me podía poner a mirar para otro lado, a dibujar, a hacer cualquier cosa”. Esa experiencia no se quedó en la infancia: “Afectó mi rendimiento académico en la universidad y seguirá afectándome. Simplemente uno tiene que buscar sus maneras para vivir con esto”.  

La procrastinación extrema, otro síntoma clásico, es su compañera inseparable: “lo te hecho toda la vida, la procrastinación y yo somos uno solo”. Junto con la pérdida de objetos y esa sensación de parecer que no se escucha, el déficit de atención teje una red compleja que, como explica la literatura especializada, no es pereza ni desinterés, sino una desregulación en el sistema ejecutivo del cerebro.

María Claudia recuerda su infancia con imágenes casi circenses: “Yo vivía acostada en el piso, me enroscaba, parecía contorsionista profesional del Circo Nacional de Cuba. Tendrías que ver las posiciones que yo hacía en la pared”. Añade que siempre fue inquieta y que hablar en exceso le ha traído problemas: “Yo hablo en exceso, vivo hablando, no me callo”.  

Esa sensación interna de estar acelerado es otro pilar del trastorno. Los especialistas apuntan que, en adultos, la hiperactividad suele internalizarse como una inquietud mental constante, un zumbido de fondo que solo se calma con estrategias como la lectura, la pintura o el movimiento consciente.

“Tomar decisiones precipitadas, interrumpir conversaciones, dificultad para esperar turnos… eso es muy cierto. He tomado decisiones que me han traído problemas”, admite. Los cambios bruscos de humor también forman parte del cóctel: " puedo estar super alegre por algo, ver algo feo y entristecerme al instante"

María Claudia presenta, como muchos adultos, una combinación de atención, hiperactividad e impulsividad. El diagnóstico, subraya, no es un análisis de sangre: “Eso se diagnostica con entrevista. Pasé muchísimo tiempo yendo al psicólogo y al psiquiatra. Me ponían a dibujar, me hacían preguntas para descartar ansiedad, depresión, trastornos del sueño”.

Las comorbilidades que enmascaran

“El TDAH nunca viene solo. Él siempre va acompañado de otros trastornos adyacentes. El 80 % de los adultos que lo padecen tienen al menos otro trastorno que coexiste”, explica María Claudia, haciéndose eco de los datos clínicos más consolidados. Su relato ilumina varios de estos compañeros de viaje.

“La mente hiperactiva no para de anticipar desastres. Es la comorbilidad más frecuente. La ansiedad genera evitación, mientras el TDAH genera distracción; juntos, paralizan”. Ella lo vivió en su examen estatal: “Tuve un ataque de ansiedad. Pensaba que iba a salir mal, esperaba lo peor, y eso me paralizó, me agotó y me hizo llorar sin parar”.  

Puede presentarse la depresión mayor o distimia, fruto, muchas veces, del castigo acumulado por fracasos escolares, laborales y la sensación de no llegar.  

También hay un trastorno negativista desafiante, “Patrones de irritabilidad, discutir con figuras de autoridad y culpar a otros. Para qué mentir: yo me siento muy identificada. Suelo discutir con muchas figuras de autoridad, y lo de culpar a otros tiende a pasar”.  

Otro riesgo es el de abusar de sustancias adictivas; “El cerebro con TDAH busca dopamina. Curiosamente, tratar el TDAH con fármacos reduce el riesgo de adicciones. Yo soy una adulta no tratada, pero tengo la suerte de no ser adicta, ni a fumar, ni tomar alcohol o café. Aborrezco el café”.

La claridad con que María Claudia distingue, por ejemplo, el trastorno bipolar del TDAH es reveladora: “La impulsividad del TDAH a veces se confunde con manía, pero en el TDAH el ánimo cambia por estímulos externos, mientras que en el bipolar los episodios duran días o semanas sin motivo aparente”. Un conocimiento que, asegura, fue clave para su propio proceso.

El otro lado

Uno de los mitos más dañinos es creer que el TDAH es sinónimo de déficit intelectual. “Muchas personas con TDAH suelen ser muy inteligentes, muy creativas, tienen talentos muy grandes y destacan en la creatividad, la resolución de problemas bajo presión, el pensamiento divergente y el espíritu emprendedor”, reivindica María Claudia. Su testimonio se alinea con estudios como el de la Universidad de Michigan, que demostró que las personas con TDAH puntúan más alto en creatividad real porque asocian conceptos remotos con facilidad.

En su caso, la pintura y la lectura actúan como reguladores emocionales: “Yo calmo los síntomas haciendo eso. Pinto bastante, y leer me controla muchísimo”. El hiperfoco –esa capacidad de sumergirse doce horas en algo que apasiona– es su gran aliado: “Cuando leo, huyo. Puedo pasarme el día entero leyendo o pintando, absorbiendo información y documentándome”.

La resolución de problemas en crisis también resuena: “Cuando todo está en calma, me aburro. Vivo aburrida. Pero bajo presión suelo trabajar un poquito mejor; mi cerebro se enfoca como un láser”. La neurociencia explica que en esas situaciones se dispara la noradrenalina, volviendo a estas personas increíblemente rápidos y eficaces.  

“El drama del TDAH es que el talento no garantiza el éxito porque la función ejecutiva es la que falla”, añade con honestidad. “El síndrome del genio procrastinador: ideas millonarias pero no logran hacer el papeleo para ejecutarlas. La buena noticia es que cuando aprenden a gestionar su sistema –con medicación, terapia y trucos como el body doubling– el talento sale disparado”.

 El sarcasmo, la ironía y el camaleón social

Uno de los puntos más delicados que María Claudia aborda es la relación del TDAH con la comprensión del sarcasmo. “Como persona con esta condición, no suelo captar al momento un comentario sarcástico o una ironía. Pero hay que tener claro que esto no es un rasgo nuclear del TDAH; suele pasar cuando hay trastorno del espectro autista (TEA)”. Y matiza: “El problema no es la comprensión, es la atención. Puedes perder el sarcasmo no porque tu cerebro sea literal, sino porque estabas distraído cuando el otro cambió el tono de voz”.

Ella lo ilustra con un ejemplo cotidiano: “Estamos un grupo de personas hablando. Al tener déficit de atención, no suelo enfocarme directamente; me pierdo en las musarañas. Alguien hace un comentario sarcástico y automáticamente no lo capto porque mi mente no estaba pendiente al tono de voz ni al contexto”. Sin embargo, añade una paradoja: “Yo uso el sarcasmo bastante. Suelo tirar comentarios muy sarcásticos, sobre todo cuando discuto. Una cosa es usarlo y otra entenderlo al momento”.

El “camaleón social” o masking también forma parte de su día a día: “Para encajar, observas e imitas gestos, tonos y frases de los demás. Puedes ser extrovertido en una reunión y llegar a casa absolutamente agotado. Pero no es necesario imitar a nadie; sé tú, sé original. Eso es lo lindo del asunto”.

Seis verdades incómodas del día a día con TDAH

María Claudia desmenuza los seis comportamientos que definen la vida con TDAH, basándose en la desregulación del sistema ejecutivo:

Primero, la motivación funciona al revés: “Mientras los neurotípicos se motivan por importancia o recompensa, el cerebro TDAH solo se activa con novedad, interés o urgencia. Si no me interesa, no le doy importancia. Las matemáticas no me interesaban, pero español, inglés o ciencias me importaban muchísimo y podía estudiar para mejorar”.

Segundo, ceguera temporal: “Solo existe el ahora y el no ahora. Un plazo a tres meses no existe hasta que faltan tres días. Dices ‘voy a tardar cinco minutos’ y pasan cuarenta. No es mala educación: tu reloj interno hace tic-tac a otro ritmo”.

Tercero, desregulación emocional extrema, “Sientes todo a tope. Las emociones duran menos pero son mucho más intensas. No hay término medio: euforia total o frustración absoluta. Una ruptura puede durarme dos días, pero en esos dos días lloro y me deprimo y me cuestiono todo”. Y añade esa dualidad que tanto confunde a quienes les rodean: “Discutes acaloradamente, a los diez minutos se te pasa y actúas como si nada, mientras la otra persona sigue enfadada. Te tachan de insensible, pero en realidad ya procesaste y soltaste el conflicto”.

Cuarto, el síndrome del camaleón social: “Interrumpes conversaciones porque si no dices la idea en ese segundo, se te borra de la cabeza para siempre. No es falta de respeto, es pánico a perder el pensamiento. También tiendes a sobreexplicarte: das excesivos detalles por miedo a que te malinterpreten. Yo doy muchos, muchos detalles; si tengo que explicar por qué la fresa es roja, te doy quince mil razones”.

Quinto, la lucha con lo aburrido: “No es pereza, es una parálisis dolorosa. Sabes que debes hacerlo, pero tu cerebro no produce dopamina para esa tarea. De repente, a las dos de la mañana, tienes una energía brutal para ordenar el armario o investigar un tema random durante cinco horas. Es el hiperfoco en acción, y es involuntario”.

Y sexto, relaciones de amistad: “Al principio, mucha dopamina e hiperfoco. Pero cuando la amistad se vuelve rutinaria, el interés baja y el amigo puede sentir que ya no te importa. En realidad sí me importa; simplemente el cerebro dejó la alerta química de querer estar pegado a ti todo el tiempo. Olvidas cumpleaños, pero eres increíblemente leal y entregado cuando la otra persona está en un problema real”.

No estás roto, estás diseñado diferente 

El mensaje final de María Claudia es un bálsamo para quienes se han sentido culpables o señalados: “Aprender sobre el TDAH es el primer paso para dejar de culparse. Muchas personas con esta condición suelen ser muy criticadas, pero no es algo para sentirse culpable. Tiene sus pequeñas desventajas, pero también sus grandes ventajas. El cerebro con TDAH no está roto, está diseñado para la exploración, no para la rutina”.

A quienes se burlan o estigmatizan, les diría: “Está bien ser ignorante acerca de un tema, pero toda persona merece su debido respeto, sin importar su condición. Todos somos personas normales, comunes y corrientes, con un pequeño detallito en la manera de hacer y ver las cosas”.

Su historia nos recuerda que el TDAH no define a nadie, pero comprenderlo sí puede liberar vidas. Como dice ella, la clave está en aprender a gestionar ese motor único y, sobre todo, en aprender a quererse sin pedir disculpas por ser quien se es.

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Daniela Verdecia Castillo

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