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“Me conmovió una historia. La de un señor con más de un año al que nadie visitaba, nos acercamos a él, contactamos con su hijo, quien fue a verlo entonces con merienda, cigarros y aseo personal. Hubo abrazos y besos. Acercamos familia. Queremos en otro momento donarles al centro máquinas e implementos de barbería”.
«Esta es nuestra Revolución, que nadie se equivoque», replicó una enfermera –secundada por una muchedumbre en la parada cercana al Hospital Provincial Saturnino Lora-, a otra que comentaba, con celular en mano, sobre lo acontecido en los alrededores de la Dirección Ejecutiva del distrito Antonio Maceo, y que visiblemente fue distorsionado por los malsanos contenidos –tan invariables como nuestra intransigencia revolucionaria-, que abundan en las redes sociales e internet.
En el salón de enfermeras del Hospital Civil Saturnino Lora, en octubre de 1953, aconteció algo sui generis: los postulados de los manifiestos de La Demajagua (1868) y de Montecristi (1895), programas de lucha de la única Revolución cubana, se fusionaron, ya no en la manigua, sino en la potente voz de Fidel, al pronunciar un alegato de autodefensa en el que se redimía y vindicaba a la Patria ultrajada.
Durante la noche del viernes 11 de marzo de 1949, los marines yanquis sargento Herbert Dave White y George Jacob Wagner, de pase en La Habana, totalmente ebrios proferían grotescos gritos al tratar de escalar la estatua de José Martí en el Parque Central y en tal profanación se les unió un tercer compinche, Richard Choingsby, quien llegó a sentarse sobre la cabeza de la escultura y la usó de urinario.