Y he descubierto que a pesar de todo lo que falta nos queda lo más esencial: esa capacidad de ayudar a otros, a veces sin conocernos. Porque vemos en ellos el reflejo de los nuestros o entendemos sus angustias, porque las padecemos también.
Ayer por ejemplo, una vecina me contaba como su comida de la noche anterior fue el aporte conjunto de otras vecinas más. Tenía poco en la despensa pero unieron lo que les quedaba: un poquito de frijol una, y un poquito de lentejas la otra para hacer un potaje mixto “que sabía a amor”, unos plátanos burros de su patio y hasta un sobre de refresco apareció. Una comida colectiva que salvó la noche no solo del hambre: le demostró que no perdemos esas ganas de ayudar y de servir a otros. Que en esta región un vecino es familia, es quien te sostiene y te salva muchas veces, por solo el placer de saberse hermano. Que no estamos solos.
Hace pocos días en el Mercado de Ferreiro fui testigo de otro gesto incondicional. Una señora, blanquísima en canas y con un bastón, después de hacer su cola y tener algunas viandas en su bolso empezó a sudar nerviosa porque su teléfono, -que no era muy moderno-, no escaneaba el código QR para efectuar el pago en línea.
Temblorosa como suelen ponerse los adultos mayores que no son hábiles con la tecnología casi devuelve lo que compró pero un joven de la cola asumió su cuenta: “Vaya tranquila para su casa que eso va por mí”.
Hechos así, que estoy segura que se repiten en otros escenarios y de muchas formas, muestran que en medio de una de las crisis más grande que vive Cuba aún nos queda empatía y solidaridad, más allá del egoísmo y la indolencia de algunos o del miedo a no tener para después de otros.
Queda lo que nos define como cubanos, ese amor por los demás y esa necesidad de ayudar incapaz de opacarse aún en medio de tantas necesidades. Y mientras eso germine entre mi gente, habrá esperanza siempre de salvar o ser salvado.