En Cuba, el 17 de mayo de 1959 fue uno de esos momentos. Desde la Sierra Maestra, Fidel Castro firmó la primera Ley de Reforma Agraria, una disposición que colocó el problema de la tierra en el centro de transformación social emprendida por la Revolución.
Más de seis décadas después, hablar de Fidel y la agricultura cubana no significa únicamente recordar aquella firma. Significa acercarse a una concepción que entendía el campo como espacio de producción, pero también como escenario de justicia social, conocimiento científico, soberanía y desarrollo nacional.
La primera Ley de Reforma Agraria estableció un límite a la propiedad de la tierra y creó el Instituto de Nacional de Reforma Agraria (INRA), organismo encargado de conducir buena parte de las transformaciones del sector. La medida benefició a numerosas familias campesinas y enfrentó la concentración de grandes extensiones de tierra en pocas manos.
Pero el aporte de Fidel a la agricultura no puede reducirse a la distribución de tierras.
Desde los primeros años de la Revolución se promovió la creación de nuevas formas de organización productiva, entre ellas las cooperativas, el tiempo que se buscaba ampliar la asistencia técnica, el crédito, y las posibilidades de comercialización para los productores.
En este sentido, la agricultura comenzó a ser concebida como un componente estratégico del proyecto económico cubano y no solamente como una actividad tradicional del campesinado.
Del campo a la ciencia
Uno de los rasgos menos reducidos a la memoria histórica de Fidel fue su insistencia en relacionar la producción agrícola con la investigación científica. Para él, producir más no debía depender exclusivamente de ampliar áreas cultivadas.
También era necesario conocer mejor los suelos, las variedades vegetales, las condiciones climáticas, las técnicas de cultivo y las posibilidades de aprovechar los recursos nacionales.
Ese enfoque impulsó durante décadas la atención a instituciones científicas vinculadas con la agricultura, incluyendo centros dedicados a las viandas tropicales, la biotecnología vegetal y la investigación de productos de interés agrícola.
La relación de Fidel con estos espacios formó parte de una visión más amplia: hacer de la ciencia una herramienta al servicio de la producción y de las necesidades del país. En esa perspectiva hay una idea vigente: la agricultura no puede depender solamente de la voluntad de quienes trabajan la tierra. Necesita conocimientos, organización. Infraestructura, tecnología y políticas capaces que acompañen al productor.
Una agricultura pensada para Cuba
Otro elemento de aquella visión fue la búsqueda de una agricultura menos vulnerable a las dependencias externas. La diversificación de los cultivos apareció desde la propia concepción de la Reforma Agraria como una vía para ampliar la producción nacional y reducir la dependencia del monocultivo.
La historia posterior demostró que ese desafío era mucho más complejo de lo que podía parecer en 1959. Cuba atravesó transformaciones económicas, períodos de abundancia y también profundas dificultades. La agricultura tuvo que enfrentar limitaciones de insumos, combustibles, maquinaria recursos financieros.
Precisamente por eso, algunas de las ideas asociadas al pensamiento de Fidel sobre el campo adquieren una lectura contemporánea. La producción local, el aprovechamiento de los recursos disponibles, la investigación de alternativas y la capacidad de producir alimentos dentro del país continúan siendo asuntos centrales para cualquier estrategia de desarrollo agrícola.
Más que una reforma de la propiedad
La trascendencia de Fidel en la agricultura cubana está, por tanto, en una suma de dimensiones. Está en la Reforma Agraria y en la transformación de la propiedad de la tierra. Está en la creación de estructuras destinadas a organizar la producción.
Está en el impulso a la cooperación campesina. Está en la atención a la investigación científica y tecnológica. Y está también en haber colocado la producción de alimentos dentro de una concepción de soberanía nacional.
La historia no debe convertir esos procesos en una fotografía inmóvil. La agricultura cubana de hoy tiene problemas y desafíos propios que no pueden resolverse simplemente mirando hacia atrás.
Sin embargo , comprender cómo se construyeron sus bases permite identificar algunas de las preguntas que siguen abiertas. ¿De qué manera aprovechar mejor la tierra disponible? ¿Cómo lograr que el conocimiento científico llegue efectivamente al productor? ¿Cómo hacer más eficiente la producción? ¿Cómo estimular al campesino y garantizar que producir alimentos sea una actividad económicamente sostenible? Son preguntas actuales, aunque algunas de sus raíces pueden encontrarse en aquel proyecto iniciado hace más de seis décadas Fidel entendió que el problema agrícola, era , en última instancia un problema de país. La tierra no podía verse aislada de la educación, la ciencia, la economía, y la vida de las comunidades rurales.
Por eso, cuando se habla de sus aportes a la agricultura cubana, quizás el mayor legado no sea solamente una ley, una institución o una determinada forma de producción. Es la idea de que el campo constituye una pieza esencial de la soberanía de la nación.
La tierra cubana ha cambiado desde 1959. También ha cambiado las tecnologías, los mercados y las condiciones económicas. Lo que permanece como desafío es conseguir que esa tierra produzca, que quienes la trabajan encuentren incentivos para hacerlo y que el conocimiento se convierta en cosechas. Y en ese punto, el legado de Fidel deja de ser únicamente memoria y se convierte en una pregunta dirigida al presente.