Y como el pan -entiéndase alimento- no debe ser un ruego, sino una exigencia a quienes ganan un salario por garantizar la materia prima, elaborarlo y expenderlo, expongo mi criterio.
Los consumidores podemos admitir que hay problemas causados por el bloqueo, pero tenemos el derecho a rechazar la suma de otros cuyo origen más parece hijo del desorden y el robo. Hasta ahora no ha faltado la denuncia oportuna, pero con el silencio por respuesta. Y pienso que esa respuesta no puede pedírsele al más allá, sino al más acá.
No como ruego, sino como mandato del pueblo basado en su derecho de exigir, a quien lo representa en cualquier responsabilidad. Como no puede generalizar, me referiré a lo que acontece en el bloque G, del centro urbano José Martí: la primera irregularidad es que mientras los bloques cercanos reciben el pan a domicilio de la panadería del H, el nuestro hay que buscarlo en Martí o a veces en Micro 7; con frecuencia se pasa días sin venir y muchas veces hay que recibirlo con pésima calidad, tanto en el gramaje como en la elaboración.
Para este producto están normados 60 gramos por unidad. Y hay días de haber llegado a siete, nueve y otros menos de 20 gramos. Si esto no es un robo, habría que cambiarle el nombre a este delito.
Otras veces llegan agrios y sucios. Se asemejan a un deportista que nunca llega a su meta.
En no pocas ocasiones la única opción, ante estas irregularidades, es comprar el pan a los abundantes vendedores que especulan con el precio y los sacan de no sé dónde. Esperamos la respuesta no con palabras, sino con hechos, para que la impunidad no siga siendo aliada de la ilegalidad y enemiga de la combatividad.