Otros lo anuncian en espacios públicos o ante autoridades escolares como mecanismo de presión social. A primer golpe de lectura parecen correctos o entendibles; sin embargo, no podemos perder de vista lo que significa la escuela para un menor, y, en ese sentido, llamo la atención.
Es en la escuela donde las nuevas generaciones reciben los conocimientos que le harán entender el mundo, aprenden cómo transformarlo en favor de ellos y de la sociedad, forman nuevas relaciones y constituyen redes sociales e interactúan con otros miembros de la heterogénea sociedad en la que viven.
Todo eso ocurre en un periodo de crecimiento intelectual y físico del menor, y es esencial para su normal desarrollo como ser social, que en el futuro asumirá responsabilidades en las familias ascendientes y descendientes, la comunidad, el centro de trabajo, entre otros espacios.
Por lo tanto, pienso que sería provechoso tener en cuenta esos elementos, antes de privar a infantes y adolescentes de ir a la escuela, cuando en realidad lo justo sería esforzarnos todos en casa para que lo más importante sea la asistencia diaria y la interacción constante con sus tutores, con el personal docente.
No es menos cierto que, el contexto socioeconómico que vivimos, propicia que aumente la impotencia ante la incapacidad para resolver determinada situación, nos lanza a la búsqueda de culpables y esa avidez puede afectar a los más vulnerables en el tejido social: los niños.
Analicemos juntos: cuán culpable es un niño de que no se disponga de pan (por la libreta) en los horarios, la frecuencia y con la calidad requerida; cuánta responsabilidad tiene en el desabastecimiento de combustible y alimentos, o en la situación general del país.
Entonces ¿por qué castigarlos?
Si los adultos proyectamos las necesidades y frustraciones, que nos hacen más difícil cumplir con la tutela y responsabilidades sociales para con nuestros hijos, además de acudir a la opción más fácil, les convertimos en víctimas, culpables y castigados al mismo tiempo.
Y algo más pérfido aún, utilizar a los menores como punta de lanza cuando queremos expresarnos en espacios públicos o ante las autoridades, no pasa de una actitud irresponsable. ¿No es la familia la primera barrera protectora para los niños? ¿Cómo es posible que algunos miembros los usen como escudo?
Solo los invito a reflexionar.