Santiago de Cuba,

Especiales

La opinión pública mundial percibe hoy los primeros compases del desmoronamiento de la mentira que sirvió de justificación a la administración Trump, para secuestrar con disfraz de captura, al presidente constitucional de Venezuela, Nicolás Maduro.

El aire aún huele a tierra mojada y a ramas recién cortadas. En las calles de Contramaestre, las huellas del huracán Melissa son visibles: árboles caídos, letreros doblados, techos de zinc enrollados como papel. Pero en medio de este paisaje -que ya dista mucho de los primeros días tras el paso del ciclón-, hay un lugar donde la resiliencia tiene rostro de mujer y esperanza de nombre: el Hogar Materno Clodomira Acosta Ferrales.

En la madrugada, cuando el silencio esparcía sus rumores de árbol en leve movimiento y la ciudad descansaba del bullicio, si ya me había retirado a casa, el timbre del teléfono avisaba que él permanecía en vela, repasaba despachos cablegráficos, veía discursos, escribía, leía libros o revisaba originales de imprenta y de súbito, necesitaba preguntar un dato primordial o una opinión acerca del curso de los acontecimientos y sobre las vidas que dependían de una denuncia pública o una articulación urgente de fuerzas en favor de una lucha popular y justa.

Cada primero de diciembre es un día para reconocer a esos artistas de la voz que, desde la radio y la televisión, informan, educan, entretienen y, sobre todo, acompañan la vida de millones de cubanos.

“El mismo día que conocí a Frank, le ofrecí la finca para hacer prácticas de tiro. Me contestó que había ido a verme por eso, porque tenía conocimiento de que estaba cercana a Santiago. Nos fuimos para allá y allí hicimos algunos disparos. Yo tenía un rifle Remington 22 automáticos y una pistola colt del mismo calibre, de tiro al blanco profesional. Frank se puso muy contento, le gustó el lugar.

¿Qué tan triste y lúgubre habrá lucido la ciudad de La Habana aquel 27 de noviembre de 1871, cuando se firmó la sentencia de los ocho jóvenes estudiantes de Medicina?

Cuando el viento arrancó techos y la lluvia anegó sueños, quedaron en pie solo los valores más firmes.

Mis padres me inculcaron, desde antes de que mi memoria comenzara a guardar recuerdos, que ni un peso ajeno debía tentarme. “Ese peso -me decían- puede ser el pan de un niño, el medicamento de un anciano o la única esperanza de una familia”. Me enseñaron que la honestidad es el único principio sobre el que puede construirse una vida digna. Esas lecciones me vienen a la mente ante las acciones que empañan la recuperación tras el huracán Melissa.

Amén de campañas difamatorias, bloqueos y necesidades con las que lidia el pueblo de Cuba, nadie es capaz de sostener con argumentos sólidos que está desapareciendo el sentimiento solidario, pues varios ejemplos ilustran la presencia viva de la solidaridad durante los últimos meses, primero ante las afectaciones por intensas lluvias de la tormenta tropical Imelda y ahora tras la devastación del huracán Melissa, que hizo estragos en casi todo el oriente.

El mundo de Katia Gutiérrez Orozco era, a primera vista, un compendio de contrastes. Por un lado, la responsabilidad de ser estudiante de sexto año de Medicina; por el otro, el colorido universo de Minimundo Juguetería, su emprendimiento de apenas unos meses. Ella no era solo la dueña; era, como gustaba decir, la creadora. Aquel no era un local cualquiera.

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