Especiales
En la madrugada, cuando el silencio esparcía sus rumores de árbol en leve movimiento y la ciudad descansaba del bullicio, si ya me había retirado a casa, el timbre del teléfono avisaba que él permanecía en vela, repasaba despachos cablegráficos, veía discursos, escribía, leía libros o revisaba originales de imprenta y de súbito, necesitaba preguntar un dato primordial o una opinión acerca del curso de los acontecimientos y sobre las vidas que dependían de una denuncia pública o una articulación urgente de fuerzas en favor de una lucha popular y justa.
“El mismo día que conocí a Frank, le ofrecí la finca para hacer prácticas de tiro. Me contestó que había ido a verme por eso, porque tenía conocimiento de que estaba cercana a Santiago. Nos fuimos para allá y allí hicimos algunos disparos. Yo tenía un rifle Remington 22 automáticos y una pistola colt del mismo calibre, de tiro al blanco profesional. Frank se puso muy contento, le gustó el lugar.
Mis padres me inculcaron, desde antes de que mi memoria comenzara a guardar recuerdos, que ni un peso ajeno debía tentarme. “Ese peso -me decían- puede ser el pan de un niño, el medicamento de un anciano o la única esperanza de una familia”. Me enseñaron que la honestidad es el único principio sobre el que puede construirse una vida digna. Esas lecciones me vienen a la mente ante las acciones que empañan la recuperación tras el huracán Melissa.
Amén de campañas difamatorias, bloqueos y necesidades con las que lidia el pueblo de Cuba, nadie es capaz de sostener con argumentos sólidos que está desapareciendo el sentimiento solidario, pues varios ejemplos ilustran la presencia viva de la solidaridad durante los últimos meses, primero ante las afectaciones por intensas lluvias de la tormenta tropical Imelda y ahora tras la devastación del huracán Melissa, que hizo estragos en casi todo el oriente.
El mundo de Katia Gutiérrez Orozco era, a primera vista, un compendio de contrastes. Por un lado, la responsabilidad de ser estudiante de sexto año de Medicina; por el otro, el colorido universo de Minimundo Juguetería, su emprendimiento de apenas unos meses. Ella no era solo la dueña; era, como gustaba decir, la creadora. Aquel no era un local cualquiera.
El silencio tiene sonidos. Se escucha en el crujir de las tablas que protegen las ventanas, en el arrastre de los muebles hacia lugares altos, en el susurro de las oraciones que se repiten en la penumbra de las casas cerradas. Es un silencio pesado, cargado de presagios, que ha cubierto pueblos y ciudades donde la vida diaria se suspendió.